viernes, 15 de mayo de 2015

AVISO IMPORTANTE

No voy a continuar publicando esta historia en este blog. Por el contrario continuaré subiéndola en Wattpad, donde estoy teniendo más éxito. Para leer la historia allí y los capítulos sólo tenéis que clickar aquí.

Seguiré usando este blog para añadir información de la historia como es el caso de fichas de personajes, prototipos de portadas y cosas así, así que si tenéis cierto interés en la historia, podéis continuar aquí.

Saludos, y gracias.

martes, 18 de noviembre de 2014

Capítulo 14 - En el parque de atracciones.

Nota de la autora: He actualizado únicamente porque acabo de recibir una notificación con un comentario en el capítulo anterior, lo cual pensaba que había sido olvidado. Mi historia está en Wattpad y se actualiza antes allí.

***

Caos. A eso se reducía todo. Se trataba de un golpe devastador de mala suerte. Aquello no podía ser real, era una broma de mal gusto. Si lo pensaba, lo más lógico era creer que todos los astros se habían alineado y puesto en su contra. Y sin duda, eso, era lo que más sentido tenía para ella.
Había pasado una hora, una hora desde que descubrió que, lo que en teoría era un día divertido en el parque de atracciones, se había convertido en una encerrona con la persona que más quebraderos de cabeza le causaba. Y no sólo por él. Se trataba de un encuentro variopinto y surrealista. ¿Qué hacían ellos en aquella situación? Eso solo lo hacían los grupos de amigos, y era más que obvio que ellos no eran amigos, simplemente una vaga excusa sin sentido para pasar el momento más incómodo de sus vidas.
Bruce parecía un niño, un niño enfurruñado por no lograr sus caprichos, un crío envidioso por haber tenido que prestar su juguete favorito a algún amigo. Y Spencer era su juguete, su favorito. Llevaba toda la mañana soltando gruñidos cada vez que ella tenía algún tipo de roce con Thomas, y éste disfrutaba con cada una de las caras de molestia que ponía él pues Bruce era como un libro abierto.
Dalia permanecía en silencio observando el panorama y a Spencer le quedaba poco para perder la paciencia. Habían montado en las tazas giratorias, en la montaña rusa y en oblivion y habían comido en un restaurante temático. La rubia se detuvo en seco para mirar la atracción que se suponía que era una casa del terror.
—¿Entramos? —Preguntó mirando aquella enorme casa cuyo tejado era de un color verde pegajoso.
—¿Te gustan este tipo de atracciones?  —Quiso saber Spencer, mirando a Dalia con mucha curiosidad.
—Sí —asintió acercándose al puesto de compra de billetes.
La mujer que estaba tras la ventanilla les advirtió que la casa era un laberinto y podían perder mucho tiempo dentro, y que lo aconsejable era entrar por parejas.
—De acuerdo —habló Thomas—. Entremos por parejas —miró a Spencer.
Bruce se apresuró y la agarró del brazo trayéndola para sí.
—Spencer será mi pareja —declaró, marcando su territorio.
Ante aquel roce, el corazón de la joven dio un vuelco y miró tanto a Dalia como a Parker con una mirada de auxilio. El moreno se encogió de hombros.
—Está bien —dijo mirándoles—. ¿Entráis primero?
Spencer abrió la boca para protestar, no quería pasar tiempo a solas con Rimes y menos en un lugar que de primeras de miedo, aquel tipo de atracciones siempre habían conseguido ponerle nerviosa, asustarla, y estaba segura de que no se trataba de una excepción. Bruce se adelantó a las palabras de ella.
—Claro —afirmó, y agarrándola del brazo, entraron.
El ambiente en el interior de la casa era completamente siniestro. Había apenas luz y la única que había provenía de candelabros situados en la pared. Una pequeña neblina terminaba de decorar aquel lugar. Spencer se puso nerviosa desde el primer momento que puso un pie dentro de la casa, que poco le gustaban aquellos lugares. Bruce se percató de los nervios de la muchacha y sonrió con malicia de oreja a oreja.
—¿Estás asustada? —Preguntó con curiosidad, en un susurro, acercándose a su oreja mientras andaban.
—Un poco —confesó ella, era inútil mentir.
—Creía que la gente de los suburbios estabais curtidos en acero —comentó desinteresadamente.
—De verdad, creo que deberías ganar el premio a la estupidez —replicó ella.
Conforme más avanzaban, más espesa era la niebla. Una luz roja se discernía en el fondo del pasillo y cada vez había más sonidos tétricos, acompañados de una melodía que comenzó de un modo suave, casi imperceptible, y que poco a poco se hacía notar más y más.
La joven agarró el brazo de su acompañante, asustada. Bruce dibujó en su rostro una mueca de superioridad ante la situación y se permitió el lujo de soltar algún comentario.
—¿Estás tanteando el terreno para volver a robarme un beso?
—¿Qué? —Farfulló ella boquiabierta.
—Ya me has oído.
—Lo que tú digas —dijo ella, decidida a no entrar en el juego de una discusión absurda y sin sentido, en la que estaba claro que Rimes acabaría por hacerle salir de sus cabales—. Pero bueno, después de robarte aquel beso estamos en paz.
El chico no esperaba aquella respuesta y se sintió molesto al no encontrar ninguna réplica. En un acto completamente inmaduro, ladeó el brazo con brusquedad para que ella se soltara.
—No me toques, Turpin —espetó con desprecio.
Aquel tono de voz le dolió a la joven. Maldito canalla bipolar. Maldito niño mimado. Maldita locura la suya por haberse enamorado de él.
De repente, una mano fría y huesuda se apoyó en el hombro de la chica, mientras una voz de ultratumba murmuró cerca de su oreja palabras indescifrables. Ella comenzó a gritar histérica y, en un impulso de salir de allí, echó a correr dejando a Bruce atrás. No supo cuánto tiempo estuvo corriendo, atravesando puertas sin parar ni un segundo, escuchando sonidos, viendo supuestos fantasmas, estando total y completamente aterrada. Había perdido la cordura en aquellos momentos y seguramente la estaría esperando fuera de la casa. Cuando se quiso dar cuenta, fue consciente de que estaba sola.
—¿Rimes? —Llamó con la voz temblorosa.
No obtuvo respuesta. Miró a su alrededor.
—¿Rimes? —volvió a llamar elevando un poco su tono de voz.
Otra vez, la única respuesta fue el silencio.
Se acurrucó en el suelo y se abrazó a sí misma. Los nervios le estaban jugando una mala pasada y lo único que deseaba era llorar. Llorar de impotencia. Se sentía perdida y estúpida por salir corriendo. Era una maldita atracción, por supuesto que no había ningún espíritu y por supuesto que nadie le iba a hacer daño. Y aun sabiendo aquello, no podía evitar tener miedo. Permaneció en aquella posición durante un largo tiempo, hasta que una voz familiar la devolvió a la realidad.
—Te ves ridícula.
Levantó la cabeza y ahí estaba Rimes. En un impulso de alegría por ver la cara de aquel idiota, se levantó velozmente y envolvió sus brazos alrededor del cuello de él como pudo, en un abrazo que buscaba un poco de consuelo.
—¿Qué haces? —Preguntó él, que se encontraba ahora nervioso ante el acto de la chica.
Cuando escuchó aquella pregunta salir de la boca de Rimes, se dio cuenta del movimiento tan absurdo que acababa de cometer. Por supuesto que Rimes no la iba a consolar. No iba a consolar a nadie y mucho menos a ella. Fue a apartarse cuando, para su sorpresa, Rimes le devolvió el abrazo, tratando de calmarla.
—Tranquila, ya estoy aquí.
Aquellas palabras sonaron muy dulces en los oídos de ella. Era increíble. Un acontecimiento único. Una auténtica muestra de humanidad que provenía del tirano Bruce Rimes.
La sujetó de la mano y le dijo:
—No te vuelvas a escapar, salgamos de aquí cuanto antes.
Ella no dijo nada, lo único que pudo hacer fue ruborizarse, quedarse callada y avanzar cogida de la mano de él, en silencio hasta encontrar la salida.
Estuvieron esperando a Thomas y a Dalia en un banco frente a un puesto de algodón de azúcar. Aquella experiencia había agotado a Spencer completamente y se preguntaba que les había parecido la atracción a sus amigos. Cuando les vio salir riendo, supo que para ellos fue una pericia completamente diferente a la que había vivido ella.
—Hola —saludó Dalia a unos metros de distancia, mientras se acercaba a ellos dando brincos—. ¿No ha sido genial?
—No —negó Spencer al instante.
Dalia frunció el ceño.
—Parece increíble, pero a esta tía le acojonan ese tipo de cosas —informó el pelirrojo riéndose aun.
—Entonces, ¿qué os apetece hacer ahora? —Preguntó Parker—. Dentro de poco se va a poner el sol.
Mientras Spencer buscaba una respuesta para la pregunta que acababa de hacer Thomas, él encontró la respuesta.
—¿Qué os parece la noria?
La noria de aquel parque de atracciones era de un tamaño inmenso y era famosa por la cantidad de parejas que subían para ver el atardecer.
—Algo tranquilo —dijo Spencer echando la cabeza hacia atrás en el banco—. Gracias.
—De acuerdo, ¿cómo antes? Tú y Bruce en una cabina y Dalia y yo en otra.
Spencer observó que su amiga no lo estaba pasando mal con la compañía de Parker, sino todo lo contrario. Quizá alguien como él era más adecuado para ella que su profesor.
Bruce y ella subieron a la noria, cuyos movimientos eran muy lentos. Solo hasta estar dentro de la cabina ambos, completamente solos, sin ninguna otra distracción que la del paisaje que les rodeaba, Spencer fue consciente de lo incómoda que era toda aquella situación: uno sentado frente al otro, mirándose fijamente. Bruce estaba en una posición particular, con un pie en el suelo y otro sobre el asiento y con su codo sobre su rodilla, mientras que su mano le hacía de apoyo a su cabeza. A Spencer le resultó tremendamente sexy.
—Deja de mirarme —dijo al fin ella.
—Estaba pensando que nunca te había visto así, con maquillaje —comentó Bruce—. No pareces tú, estás guapa.
Ella sonrió.
—Vaya, gracias por llamarme fea.
—Creía que ya lo sabías.
No dijeron nada durante un instante. Ella buscó algún tema de conversación en su cabeza, pero, ¿de qué podría hablar con él sin que la despreciara?
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo al fin.
—Qué miedo —comentó él.
Tragó saliva.
—¿Qué le pasa a tu madre? —Se atrevió al fin.
Él le fulminó con la mirada, una mirada cargada de ira.
—No es de tu incumbencia —respondió secamente apartando la mirada.
En aquel momento, Spencer vio como Rimes volvía a cerrarse en su caparazón, en su fortaleza, en como esquivó la pregunta, sin dar ni un solo segundo a plantear sobre si responder o no. Sin embargo ella comprendió también su falta de tacto, pero la apenaba estar tan cerca de él pero a la vez tan lejos. Sentía que Rimes seguía siendo inalcanzable para ella.
—Bueno… —habló ella otra vez—. ¿Y eso que has venido hoy? ¿Puedo saber por qué?
Bruce volvió a mirarla.
—Porque no iba a permitir que tú y Thomas estuvierais solos.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque me da rabia.
—¿Por qué?
Rimes  se irguió, se acercó un poco a ella para cogerla de la mano y acercarla hacia él. Ella estaba en pie y él sentado.
—Basta de preguntas, no seas pesada —dijo mientras le acariciaba la pierna.
A ella se le erizó todo el cuerpo.
—¿Por qué me estás tocando? —Su voz temblaba.
Él la miraba fijamente y a los ojos. Atravesándola con la mirada, como si pudiera ver su alma. Era la mirada más profunda que había visto en su vida y era dirigida ella. Una mirada entre desesperada y de deseo. Apretó su mano en el muslo de ella.
—Te he dicho que basta de preguntas —las piernas de Spencer comenzaban a temblar—. En serio, hoy estás muy guapa.
Rápidamente y con firmeza, él atrajo el cuerpo de ella hacia sí, haciendo que se encontrara sentada encima de él. El corazón de ella latía a mil por hora, sentía que se le iba a escapar del pecho, y una vibración en su entrepierna delató su más puro deseo interno. Y aquello la aterraba.
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué te pasa? —Se sentía desconcertada, el comportamiento de aquel chico, como siempre, era inesperado—. Estás muy raro. ¿A qué viene todo esto? ¿Cómo que estoy guapa? ¿No soy una muerta de hambre? Dime, Rimes, no esquives mis preguntas. Si dices odiarme como dices que me odias —se armó de valor para continuar aquella frase—, ¿por qué sientes celos si me ves con Parker? ¿Por qué quieres acaparar mi atención? Respóndeme —insistió—. ¿Me odias?
Bruce le colocó un mechón de su oscura melena tras la oreja, sin dejar de mirarla. Estaba muy serio. Parecía más maduro que otras veces.
—Sí, te odio. Claro que te odio. ¿Cómo no iba a odiarte? Odio tu voz, tu sonrisa, tu mirada que me atraviesa por dentro. Odio cuando hablas alegremente con otros y cuando caminas. Jamás he odiado a nadie tanto como te odio a ti. ¿Me oyes? Jamás. A nadie —Spencer procesaba todo aquello tratando de mantener la serenidad—. Te odio tanto, de tal manera y con tanta intensidad, que desde el primer momento en que te vi, no pude dejar de mirarte. No pude dejar de pensar en ti. No pude dejar de molestarte y de tratar de llamar tu atención. ¿Comprendes ahora cuanto te odio?
Los ojos de ella comenzaron a humedecerse y sintió como una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—Tus palabras no suenan a odio —dijo con la voz quebrada.
Él se abalanzó sobre los labios de ella, haciendo presión con su brazo en las caderas de la joven, para atraerla más a él, mientras que la otra mano estaba apoyada en la nuca de ella. Enredándose entre los cabellos de ella. Se trataba de un beso desesperado, intenso, pasional. Spencer sentía como la lengua de Rimes jugueteaba con la suya, como recorría el interior de su boca. Mientras se besaban, ella se preguntó si se trataría de otro beso que quedaría en el olvido una vez que se separaran, si cuando los labios de él se apartaran de los de ella, volvería a alejarse a toda velocidad, como si nada hubiera ocurrido.
Cuando se separaron, se quedaron un instante observándose a los ojos. Spencer miró con cierta vergüenza hacia la ventana, y pudo ver la puesta de sol.
—Vaya… Sunset… —comentó en voz baja.
—¿Eh?
—No, nada. Es una canción —respondió mirando al suelo con cierta timidez que le hacía sentir aquella situación.
Bruce aun no la había apartado de él. Aun no le había mirado con odio.
—Ya…
Mordió el labio inferior de la joven y ella sonrió.
—Casi te pasas.
Esta vez fue ella la que le besó a él. Se besaban con angustia, como si el mundo fuera a desaparecer de un momento a otro y aquello fuera lo único que podían hacer. Se besaban mientras se abrazaban con fuerza, con posesión, como dos animales funcionando por puro instinto.

Y en aquel momento, Spencer, supo que todo iba a cambiar.

miércoles, 9 de julio de 2014

Capítulo 13 - Parker tiene un plan

—¿Estás seguro de estar bien cómo estás? —Preguntó Parker tumbado en el sillón de la habitación de Rimes, cruzándolo.
—Sí, ¿por qué no? —Dijo el pelirrojo.
—Pues porque dices que no te importa Turpin, la ignoras, la besas, la desprecias… —explicó con cierto desinterés mientras jugaba con un cubo de rubic—. Pero luego estás siempre pendiente de cada cosa que hace, tanto en Richroses como fuera de él, y la miras cuando ella no te mira a ti. Tienen una disputa tu razón y tus sentimientos que te van a llevar por el camino de la poca cordura.
Bruce se levantó de su cómodo asiento y se dirigió a la butaca de terciopelo rojo situada al lado del piano.
—Gracias por su psicoanálisis, Doctor Parker—dijo enarcando las cejas y abriendo la tapa del gran instrumento negro.
—No hay de qué —sonrió el moreno. Permaneció mirando a la nada pensativo durante un largo instante mientras Bruce comenzaba a tocar una suave melodía con su piano—. Entonces estás seguro de que no sientes nada por ella, ¿no?
Rimes dio un golpe a varias teclas del piano para que sonara un irritante sonido desafinado y, acto seguido, miró con frialdad a su invitado.
—No —espetó.
—Te tomo la palabra.

Spencer caminaba lentamente por el resplandeciente mármol de los deshabitados pasillos del Richroses. En su mente repetía el suceso acontecido con Rimes días atrás. Cada vez que pensaba en ello se ruborizaba y se llevaba las manos a las puntas de los pelos, cogiendo mechones que cupieran a la perfección en ellas para luego tirar con suavidad de ellos. Era su forma de luchar contra los nervios.
Se había encerrado en un compartimento del servicio durante casi una hora, había perdido prácticamente una clase y ahora deambulaba indecisa sobre si entrar, interrumpirla y llevarse por consiguiente una mirada recriminatoria del profesor o simplemente seguir actuando como un zombie por los pasillos del centro.
Era una situación inverosímil. Sentía que estaba perdiendo la cabeza por la persona menos indicada para hacerlo, o la más indicada, según se mirara. Pues así era Bruce, una mente compleja, repleta de caprichos, egoísmo y egolatría máxima. Por lo menos era de aquel modo como Spencer le había visto siempre, aunque había algo que también atisbaba en él desde hacía tiempo y creía empezar a comprender el qué. La conversación que mantuvo con Parker decía mucho del asunto, la madre del pelirrojo, Anna, al parecer tenía problemas de salud.
No pudo darle tantas vueltas a la cabeza como su inconsciencia hubiera querido, pues repentinamente su visión se vio limitada a un negro vacío. El calor de las palmas de unas manos se había posado sobre sus ojos.
—¿Quién soy? —Susurró una voz juguetona y masculina.
A la joven se le paró el corazón del sobresalto.
—¿Parker? —Preguntó, y su visión se volvió nítida de nuevo.
—Tan lista… por eso estás aquí —dijo y acto seguido esbozó una sonrisa—. No por dinero, sino por tu cabeza.
La actitud de aquel chico siempre la desconcertaba. No tanto como podría hacerlo Bruce, el tripolar, pero sí que continuaba albergando un aura de incógnita para ella.
—Ya… —fue lo único que respondió. No tenía muy claro cuando Parker le hacía aquellos comentarios si era para reírse de ella o simplemente eran frases casuales que pretendían ser lo más cordiales posibles.
—Quería hablar contigo. ¿Estás libre este fin de semana?
Spencer miró a su alrededor, como si aquella pregunta no fuera con ella. Pero era obvio que sí, pues eran los únicos individuos en todo el pasillo. Y aunque no lo fueran, Parker se estaba dirigiendo a ella en todo momento. Y de un modo muy cordial.
—¿Para?
—No te preocupes. Sabes de sobra que conmigo no hace falta que estés a la defensiva. Solo me preguntaba si querrías venir al Alton Town conmigo. Tengo entradas gratis —explicó, sacándose de su bolsillo aquellas entradas a las que hacía alusión.
Ella frunció el ceño.
—No entiendo por qué me lo propones a mí, ¿no te gusta Dalia? Aprovecha y dile que te acompañe.
—Te noto de mal humor —comentó él, sin borrar la sonrisa de su rostro. Spencer pensó que la sonrisa de Parker era muy diferente a la de su primo. Si bien era muy enigmática, no encontraba en ella más que una sinceridad absoluta, muy alejada a la maldad que albergaba la del pelirrojo—. Pero sí, es cierto, a mí me gusta Dalia. Sin embargo, llevo un tiempo fijándome en que eres una persona muy interesante. Despiertas una gran curiosidad en mí y lo cierto es que pienso que estaría bien conocerte un poco mejor. ¿Qué me dices?
—Me caes bien, Parker, en serio. Pero no me fío de lo que dices.
Parker profirió una sonora carcajada.
—Tranquila, puedes confiar en mí. Creí que ir juntos al parque de atracciones nos acercaría como amigos.
Spencer se rascó con su dedo índice la barbilla mientras pensaba que no tenía motivos aparentes para desconfiar en él. Ni los más mínimos, al contrario, Parker le había demostrado ser una persona de confianza. Algo extraño, sí, pero, al fin y al cabo, ¿quién no tenía alguna excentricidad en alguna parte de él? Thomas simplemente era más sincero en eso.
—¿El sábado dices? —Preguntó ella sonriendo.
Parker no respondió. Únicamente le guiñó el ojo y se fue dándole un suave toque en el hombro.


Dalia caminaba airosa por el patio de la escuela. Últimamente encontraba que todo lo que sucedía resultaba sin duda inverosímil. Ver a Rimes perder la cabeza por su amiga, aunque no lo admitiera honestamente, era lo más parecido a ver a un perro andar de pie. Y por su parte, Spencer, que ya no ocultaba sus sentimientos, le hacía sentir en ocasiones tan nostálgica.
Hacía días que no veía a Charles Wells fuera del instituto. Alrededor de dos semanas exactamente, apenas contestaba a las llamadas que realizaba ella, y mucho menos se las devolvía. Aquella situación le preocupaba, pues era la primera vez que le sucedía algo así.
—Disculpe, madame, se le ha caído el pañuelo —dijo una voz a sus espaldas.
La joven se giró para ver si se trataba de la persona que creía que era y, si en efecto, se dirigía hacia ella.
—Thomas…
—Últimamente no hablamos mucho —comentó él un pañuelo con flores bordadas.
—Ese pañuelo no es mío —informó ella sin mirarle a la cara, y fijando la vista en el estampado floral tan delicado del pañuelo.
—Es un regalo. Lo vi en el escaparate de Tous y me recordó a ti.
—¿A mí? ¿Por qué te iban a recordar a mí…? —Preguntó colocándose su melena rubia tras las orejas.
—Porque son dalias. Lo sabes —Thomas esperó una respuesta de la chica, que lo único que hizo fue agarrar el pañuelo con timidez—. Y quería pedirte un favor. Me gustaría que le dijeras a Bruce de ir al parque de atracciones este sábado. Yo voy a ir con Spencer.
—¿Qué? ¿Por qué? Tiene más sentido que se lo pidas a Emma.
Una vez más, Dalia colocó su pelo tras las orejas.
—No, no me interesa que venga Emma. Necesito que Bruce esté allí a la hora a la que yo he quedado con Spencer —el joven pasó su mano por los cabellos dorados de ella—. Quiero darle una lección


Spencer no dejaba de mirar su móvil comprobando la hora. Había llegado diez minutos antes de la acordada. Habían quedado a las 11 am en la puerta de Alton Towers y aún quedaban diez minutos para la hora exacta.
Se había arreglado. No mucho, pues ella no solía emperifollarse demasiado para salir con sus amigos, y no consideraba aquel encuentro con Parker como una cita pues teóricamente sólo pretendían intimar como amigos. Era invierno y hacía bastante frío, en una semana sería Navidad, llevaba unos leggins negros y un jersey bastante largo, de rayas rosas y negras y su larga bufanda rosa, creación de su abuela.

No permaneció mucho rato esperando a Parker en la entrada del parque de atracciones, pues pronto vio acercarse su Rolls- Royce y dentro de él al joven con cabellera azabache. Aparcó en una plaza V.I.P de los aparcamientos y bajó del automóvil rascándose la nuca y bostezando. Iba vestido con una camisa de cuadros, cuyos tres primeros botones estaban desabrochados, y unos vaqueros Levi’s.
—Hey, veo que has sido más puntual que yo —comentó con una sonrisa.
En aquel momento, a Spencer se le antojó tierna la sonrisa de Parker.
—He llegado hace poco —respondió ella.
El chico se quedó observándola detenidamente por unos instantes.
—Te queda bien esa ropa —dijo él—. Pero veo que no llevas maquillaje.
—No me maquillo nunca. No se me da bien elegir lo que le queda bien a mi rostro.
La mano de la joven fue tomada por él y la acercó a su coche.
—Siéntate aquí detrás un momento. Te voy a maquillar yo —dijo sacando de la guantera una pequeña bolsa que contenía una gran cantidad de maquillaje de buenas marcas como Esteé Lauder, Lancôme o Yves Saint Laurent.
—No es necesario —insistió ella, pronto volvió a mirar la bolsa de maquillaje de su acompañante—. ¿Cómo es que tienes eso?
—Bueno, esto es algo que solo conocía Bruce, pero no me importa que tú también lo sepas, Spencer. Me gusta el maquillaje, es uno de mis hobbies: maquillar a las mujeres. Me gustaría dedicarme a ello profesionalmente, pero mi familia no lo aprobaría, por lo que debo conformarme con esto —explicó mientras buscaba algo que le favoreciera a la joven—. No te preocupes, no te voy a poner algo exagerado. Simplemente creo que a tus ojos les iría genial un poco de eye-liner y rímel para realzar tus pestañas… Las tienes muy largas, deberías sacarle un poco de partido.
Una vez que hubo acabado, salieron del vehículo. No le llevo mucho tiempo, fue rápido y delicado, y a ella le pareció un trato muy profesional. Se sentía contenta de conocer algo de Parker y que dejara de resultarle tan misterioso como siempre.
Había una buena cola para sacar las entradas y le pareció que era mucho mayor que minutos atrás, cuando estaba sola esperando a Thomas. Fue sin embargo, al entrar dentro del recinto, que vio a dos personas inesperadas en uno de los puestos del principio: Dalia y Bruce. Al verlos juntos, en aquel lugar, no supo si acercarse a saludar o fingir que no les había visto. ¿Qué hacían ellos dos allí?
—Veo que lo has conseguido, Dalia —se acercó Parker a ellos y Spencer no tuvo otra opción que hacer lo propio, sin ser capaz de mirarles a la cara. No obstante, el comentario de Thomas llamó su atención—. ¿Cómo lo has logrado? No las tenía todas conmigo —quiso saber dirigiéndose a la rubia, a la cual separó un poco del grupo.
—No ha sido fácil, obviamente... —comenzó a decir ella, bajando la voz—. Solo me conocía como la amiga de Spencer y no tenía ningún interés en venir hasta que le dije que estaba preocupada por ella porque la habías invitado —se le escapó una risilla cómplice—. Está claro que no le hizo ninguna gracia.
Spencer miraba como Thomas y Dalia hablaban entre ellos, por lo bajo. No tenía valor de mirar a Bruce a la cara. No al menos después de todo, de robarle un beso en su propia casa, de confesar sus sentimientos y recibir siempre un no por respuesta o el desprecio del pelirrojo. Se avergonzaba de sí misma, porque aunque no quería reírse, aunque no fuera a hacerlo, no sabía qué hacer para aparentar que podía llevar con ella aquellas emociones.
Pero era capaz de notar como la mirada de Bruce se clavaba en ella como dos espadas candentes. Sabía perfectamente que en aquellos momentos la estaba mirando. Y nadie decía nada. Él la miraba y ella a él no. Pero se palpaba una sensación poco común en el ambiente, una tensión desquiciante.
Sólo cuando Bruce habló, la tensión desapareció.
—Veo que tienes una cita con Thomas. Está claro que mientras tenga dinero te da igual quién sea...
Aquel comentario le dolió. ¿Cómo se atrevía a decirle eso a ella? Con lo que le ha hecho sufrir desde el mismo día que llegó al Richroses
—Te equivocas —replicó ella, girándose para darle la cara a su enemigo.
Spencer no era consciente en aquellos momentos, que el maquillaje que había preparado Parker para ella le sentaba demasiado bien, puesto que Bruce sintió como su corazón daba un vuelco. ¿Qué era lo que veía? A la pobretona de Turpin… ¿guapa? No, Bruce siempre pensó que era guapa, pero en aquellos momentos, viendo agitar sus pestañas tuvo la certeza de lo hermosa que era ella con una cantidad insignificante de maquillaje.
—Bueno, Bruce —se introdujo Parker en la conversación—. Yo voy con Spencer —dijo acercándose a la joven y agarrándola suavemente por la cintura. Ella se sintió extraña, pero fue en aquel momento cuando comprendió las intenciones de Thomas, justo al ver la cara de rabia de Rimes ante aquel gesto—. Seguid por vuestro camino. A no ser, claro, que quieras ser tú el que vaya así con Spencer. En cualquier caso, podéis venir con nosotros.
En aquellos momentos, la mirada de Thomas adoptó un reflejo de desafío y Spencer deseó con todas sus fuerzas desaparecer del lugar.
O simplemente quería ser sujeta por Bruce.

jueves, 27 de marzo de 2014

Capítulo 12 - La mansión Rimes

Me das asco”. Aquellas palabras resonaban como un terremoto en la cabeza de una Spencer confusa y triste. Era incapaz de pensar en cualquier otro recuerdo que pudiera ser más gratificante que la cara de Bruce Rimes escupiendo sus sentimientos hacia ella de forma cruel. Cada vez que lo rememoraba se le humedecían los ojos. Se sentía patética. Patética por albergar aquellos sentimientos, y patética por creer que él pudiera serle afín.
Se pasaba la tarde sentada sobre su cama, botando una vieja pelota de plástico, tratando en evadirse de la realidad. Recibió una llamada de Matt, pero no respondió. Tampoco contestaba al repiqueteo de la puerta de su cuarto propiciado por su hermano.
Realmente, no le apetecía hablar con nadie. Ni el más mínimo deseo. Total, ¿qué podría decir? La única con la que se pudo sincerar fue con Dalia y aun así no estaba segura de si hizo lo correcto.
Desconocía que expresión dibujar en presencia de Rimes para que no apreciara como se sentía respecto a él. Estaba frustrada.
 ***
¡Achús! Un estornudo hizo botar del susto a Clarice Rimes. Ella se asomó desde el piso de arriba, apoyada en la barandilla.
—¿Bruce? —Preguntó algo preocupada—.
—Sí —responde él apoyándose en la pared de la entrada.
Clarice comienza a bajar la escalera del lado de la izquierda.
—¿Estás bien? Oh, cielos… —se aproximó a él—. Estás empapado —habló sorprendida.
—Estoy bien —tranquilizó rascándose la nuca.
Ella posó sus manos en los hombros del pelirrojo y colocó su mirada a su altura.
—Oye, ve a darte un baño, ¿de acuerdo? —convidó—. Yo mientras te haré un chocolate caliente con fresas que sé hacer yo —guiñó el ojo—. Te vas a chupar los dedos.
El continuaba rascándose la nuca.
—No hace falta —dijo.
—No me hagas insistir.
Que sensación tan relajante esa de sumergir tu helado y empapado cuerpo en el agua caliente. Había añadido sales aromáticas, de frutas tropicales para ser exactos; sus favoritas. Cerró los ojos y a continuación observó el inmenso techo del aseo.
Spencer… No dejaba de pensar en ella. En su mirada. En su sonrisa. En su cabello. En la decepción que se apreciaba en sus ojos.
—Joder… —masculló.
No entendía por qué. Por qué le dijo aquello. Por qué fue a buscarla. Si fueran ciertas sus propias palabras, y aquel beso no significó nada, hizo algo absolutamente inútil rastreándola aquella tarde gris.
¡Achús! Estornudó de nuevo. Así no, así no podía relajarse. Ya no solo porque, obviamente, se había resfriado. Sino porque en toda su cabeza solo había una persona. Se levantó de golpe, cogió su toalla y se secó velozmente.
El olor a chocolate caliente impregnó su nariz desde allí. Aspiró profundamente. Qué bien olía. Bajó hasta el comedor y vio a su hermana apoyando la taza en la mesa.
—Acabo de servirlo —sonrió—. Venga, venga, siéntate y pruébalo.
Rimes hizo lo encomendado y se sentó en una silla. Apreció el buen olor más de cerca.
—¿No le has pedido a la cocinera que lo preparara?
—Pues claro que no —le dio una palmada en la espalda—. Es mi especialidad. Y para tu información, me encanta cocinar.
Clarice se sentó al lado de su hermano.
—Clarice… —nombró—. ¿Por qué me estás desnudando con la mirada?
—Porque quiero que me cuentes que ha pasado.
—No ha pasado nada.
—Ah, ¿no? Venga, eso no hay quien se lo crea. ¿Cómo me explicas que tú, con lo señorito que eres, no hayas venido con Sebastian? —Inquirió.
—No es cosa tuya.
Clarice sonrió astutamente, y observándole como si ya conociera perfectamente lo que sucedía.
—Tiene que ver con aquella chica… Spencer, ¿me equivoco? —Bruce la miró y no respondió—. Estoy en lo cierto —comentó sin borrar una sonrisa.
—No  —negó cortante.
—Ya… Bruce, es obvio. Lo sé. Eres mi hermano y te conozco desde hace años. Sé perfectamente cuando algo te preocupa —informó—. Y vi como la miraste. El otro día montaste aquel numerito por un ataque de celos relacionado con ella.
—¿Celoso yo? ¿Por Turpin? No me hagas reír.
—Oh, sí. Claro que lo hago. Afróntalo.
—Clarice… Te confundes, no siento nada hacia ella. Lo único… —se quedó en silencio un instante—. Lo único que me ocurre es que no puedo controlarme cuando ella está cerca. Todo lo que la envuelve, todo lo que dice… Hace que me muera de la rabia.
La joven estalló a carcajadas.
—¿De qué te ríes? —Quiso saber Rimes.
—Ay... Hermanito. Es tan divertido verte que mejor dejo que lo descubras por tu cuenta —confesó.
—Tsk. Que desagradable eres —hizo una mueca de dolor.
Clarice lo apreció.
—¿Sucede algo?
—Nada… —respondió—. Sólo me duele un poco la cabeza.
***
—Se te ve apagada.
Spencer levantó la cabeza de la mesa. Tenía roja la frente de tenerla apoyada sobre la superficie de madera fría. Dirigió la vista hacia la persona que había hablado.
—Parker… —mencionó.
Él cogió una silla y se sentó a su lado.
—¿Cómo lo llevas?
—Bien… —susurró ella—. Supongo.
El moreno la miró unos instantes.
—Hoy no ha venido Bruce —informó.
Spencer se puso nerviosa.
—¿Y eso por qué debería importarme?
Parker sonrió ampliamente.
—Eres adorable cuando tratas de mentir —declaró él.
Ella sintió como su cara se volvía roja como un tomate. ¿Parker le acababa de piropear o era burla?
—Bu-bueno…
—Rimes está en cama con fiebre —comunicó Parker.
Spencer no pudo evitar recordar la tarde anterior. Como le trajo el paraguas bajo la tormenta. Era inútil no pensar que había enfermado por su culpa.
—Está tarde iré a su casa a verlo —dijo él—. ¿Quieres venir conmigo?
La chica dudó unos instantes, pero no trató de negarlo puesto que se moría de ganas de ir y ver cómo era la casa de Rimes. Aunque también quería verle a él a pesar del miedo que albergaba en su interior.
—Sí… —asintió—. Espera, se lo tengo que contar a Dalia —dijo poniéndose en pie.
—¿Va a venir?
Ella le miró un instante.
—Lo dudo.
***
Spencer estaba boquiabierta. No podía creer que aquello existiera de verdad. Aquello era como su casa multiplicada por cincuenta. Era impresionante para alguien como Spencer, que nunca creyó contemplar algo tan exagerado de cerca.
—¿Estás lista para entrar en la Casa del Terror? —Preguntó Parker con un tono de feriante.
Ella echó a reír. Parker en ocasiones era muy divertido. Recordó cómo se llevaba él con Dalia.
—Oye, antes de nada… Quería preguntarte algo.
Parker la miró con atención.
—Adelante.
—¿Qué opinas de Dalia? —Preguntó.
Él sonrío de oreja a oreja.
—Pues que es una chica muy interesante.
Spencer le dirigió una mirada de reproche.
—¿Entonces por qué le haces chantaje?
Parker borró su sonrisa y adoptó una mirada profunda.
—Vaya… Así que te lo ha contado —dijo.
—Sí. Dime, ¿por qué?
—Porque quiero estar cerca de ella —declaró—. Me gusta mucho. Desde que la vi.
Spencer se sonrojó un poco. Le pareció que la serenidad con la que Parker había pronunciado aquellas palabras era muy atractiva. No esperaba aquella confesión. Pensó que si aquello fuera dirigido a ella moriría de los nervios.
—Vaya… —se limitó a decir bajando la vista al suelo.
Parker le dio una palmadita en la espalda y le dedicó una sonrisa.
—Venga. Entremos.

Bruce estaba tumbado en la cama. Sentía martillazos en la cabeza. Repentinamente, la puerta de su habitación se abrió.
—¡Hola, Bruce! ¿Sigues malito? —Preguntó Parker exagerando lástima.
—Creo que al verte a ti he empeorado —comentó dando media vuelta en la cama, de modo en que le daba la espalda a su primo.
—Vengo acompañado —informó.
Spencer entró tímida a la estancia. En aquel momento se arrepintió profundamente de haber ido a casa de Rimes. Sentía un ardiente deseo porque la tierra le tragara.
Cuando Bruce se giró y la vio sintió como si hubiera visto un fantasma. Parker se aguantó la risa.
Estaba casi sentado en la cama, se apoyaba con el codo en el colchón. Tenía el pelo muy despeinado y una camisa con varios botones abiertos. Aquella imagen a Spencer le pareció increíblemente sexy. Pero decidió morderse la lengua y callar. En el supuesto caso de que se lo dijera, sólo serviría para alimentar su estúpido e insaciable ego.
—Mejor os dejo solos —dijo moviendo ligeramente a Spencer en dirección a Rimes—. Hasta ahora, voy a ver a Clarice —añadió cerrando la puerta tras de sí.

Una vez solos, Spencer no sabía qué hacer ni qué decir. Sólo quería que un ente astral le hiciera desaparecer de la faz de la Tierra.
—¿Por qué has venido? —Preguntó al fin Rimes.
Spencer dudó que decir, pero finalmente tragó saliva y decidió lanzarse a la piscina. No se daría de cabeza porque ya la había rechazado anteriormente. Pero sí que quedaría calmada consigo misma.
—Porque me apetecía ver como estabas —dijo sentándose a su lado, de rodillas en el suelo.
—¿Acaso te importa cómo esté?
—Sí —Bruce la miró con cara de sorpresa—. Gracias por lo de ayer —agradeció.
—Eres irritante.
—Lo sé.
—Te odio.
—También lo sé.
—Entonces no entiendo por qué te importa mi estado —alegó él.
Spencer miraba las mejillas coloradas de él y posó su mano sobre la frente del chico.
—No me toques.
Ella sonrió.
—Estás tan débil que no puedes ni apartar mi mano con tu brazo —comentó—. Tienes mucha fiebre —se quedó unos segundos en silencio.
Él no decía nada, la mirada cansado. Ella sentía como los ojos verdes agrisados del pelirrojo le atravesaban el alma. Sin ser consciente, empezaron a caerle las lágrimas.
—¿Y ahora qué te pasa? —Preguntó molesto. No soportaba verla llorar, le sacaba de quicio, y en aquel momento ni comprendía por qué estaba así—. No te soporto.
—Lo sé —dijo ella—. No puedo evitarlo. Eres un idiota, un narcisista, un niño mimado. Eres cruel conmigo y con la gente. Cada vez que me ves me miras mal y cuando me hablas es sólo para insultarme o burlarte de mí. Y yo, sin embargo, soy tan estúpida que no puedo evitar preocuparme por si estás enfermo y de querer saber si te encuentras bien —el corazón de Bruce dio un brinco al escuchar aquello—. Nunca antes nadie me había tratado tan mal y, no obstante, no puedo dejar de pensar en ti.
Bruce se quedó en shock, pero una parte de su persona no pudo evitar sentir alivio.
—Estás loca —fue lo único que dijo.
—Voy al baño —Spencer se puso en pie.
En aquella mansión buscar el baño era toda una hazaña. No sabía hacia donde estaba yendo. Abrió una puerta y sólo vio una habitación vacía. Abrió otra, tampoco. Cuando se confundió de puerta por tercera vez, vio algo que le llamó la atención. Había una mujer leyendo un libro en un sofá con flores estampadas. Tenía una cara hermosa. ¿Rimes tendría otra hermana? Antes de darse cuenta, alguien había cerrado la puerta en sus narices para evitar que viera más. Era Bruce.
—¿Se puede saber qué hacías?
—Lo siento. Me he perdido —dijo—. No deberías haberte levantado de la cama —observó.
—¿A qué estás jugando, Turpin? Dices que te importo. Por Dios, ¿quién se cree eso? —Bruce estaba furioso y no entendía por qué. Quizá era porque estaba confundido y sentirse confundido era algo que detestaba—. Es imposible que tú y yo podamos llevarnos bien.
—Sí que podemos. Además, tú me besaste —acusó ella.
Al oír aquello, su rabia incrementó.
—Ya te dije que no significó nada —se defendió él.
Spencer agarró el cuello de la camisa del chico y le acercó a ella. Así fue como se cobró su pequeña venganza. Besó a Rimes. Le pilló por sorpresa, él no lo esperaba, pero en el fondo no le desagradaba, en lo absoluto. Spencer quiso profundizar en aquel beso pero supo que sería algo imposible puesto que Bruce estaba tan sorprendido que parecía una estatua.
—Esto sí ha significado algo —declaró ella.
—Estáis aquí —la voz de Parker les sorprendió a ambos. A su lado estaba Clarice.
Cuando la vio, Spencer se puso nerviosa.
—Gracias por lo del otro día —fue lo único que dijo.
—Ya te dije que no fue nada —sonrió la rubia.
Spencer se acercó a Parker.
—¿Podemos irnos? —Le preguntó agarrándole de la manga de la chaqueta.
—Sí, claro —él apoyó su mano en la espalda de ella y miró a Rimes. El pelirrojo le observaba con rabia—. Bueno primito, nos vamos.
Bruce no respondió, se limitó a ver como se iban. Repentinamente, echó a andar hacia su cuarto. Clarice le detuvo.
—¡Espera! —Exclamó—. Lo he visto.
—Estarás confundida —fue lo único que pronunció.
—Claaaro… —murmuró ella sonriendo.
***
—Oye Parker… —mencionó Spencer—. Antes he visto a una mujer en la casa de Rimes…
Caminaban por una calle. Parker le había acercado en su rolls-royce un poco, pero quiso acompañarla un rato andando.
—Ah. Sería la tía Anna —comentó.
—¿Anna?
Parker le dedicó una mirada a juego con la sonrisa pícara que tenía dibujada.
—La madre de Bruce. Apenas sale de casa. Sufre una enfermedad.

Spencer frenó. Desconocía aquello totalmente. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo 11 - Lluvia

“¿Qué has hecho?” “Eres estúpido.” “¿Cómo te has atrevido?” Rimes repetía esas palabras en su cabeza una y otra vez. No había obrado con la mente y se dejó llevar por el impulso. Sabía por qué lo hizo, sabía lo que sentía, lo que aquella chica tan simple despertaba en él. Lo sabía, pero a su vez no. Era extraño. ¿Cómo puede una persona saber y no saber lo que siente? Una confusión desquiciante, asfixiante y atormentada, eso era lo que tenía Bruce en su interior en aquellos momentos. Llevaba días repitiendo el suceso en su cabeza. Esquivando a Spencer como un loco. Fingiendo que no la ve cuando la ve. Cuando siempre la ve. Es como si nunca se apartara de su mirada.

Spencer llevaba días maldiciendo a Rimes. ¿Qué se había creído? La besaba, la ignoraba. Estaba loco, seguro. Sólo alguien tan bipolar como él puede obrar de una manera y hablar de otra muy distinta a sus actos. El problema de todo ello es que a ella le gustaba él. Pero, ¿por qué? Nunca la ha tratado bien, ni un gesto bondadoso. Sin embargo, es la mirada de él lo que la confunde. En ella ve destellos de tormento.
Siente una increíble curiosidad por conocerle. Por saber de él. De saber el porqué es así. Era un misterio. Y su personalidad complicada, confusa y en ocasiones misteriosa hacía palpitar su corazón.

Lo odiaba.

—Spencer… ¿Ha sucedido algo? —Preguntó Dalia algo preocupada.

Ella se sorprendió por la pregunta. Fijó la vista al suelo y se agarró de las rodillas.

—No… —respondió—. Es sólo qué… No entiendo por qué me siento así.

Todo era igual que siempre, había pasado una semana entera desde lo sucedido y Rimes la ignoraba más que nunca. La repelía como si de un insecto desagradable se tratara.

—No quiero que parezca que me meto donde no me llaman —comenzó a decir Dalia—, porque yo soy la primera persona que se enfada cuando quieren saber algo de mí de lo cual yo no quiero hablar. Pero creo que es hora de que seas sincera, al menos conmigo. Lo he notado desde hace un tiempo. Estás… diferente. No en el mal sentido. Pero, por ejemplo, ya no acostumbras a hacerte la cola de caballo en la melena como antes; ahora vienes con el pelo suelto la mayoría de las veces.

Spencer se acarició el pelo inconscientemente. Y, repentinamente, comenzó a ponerse nerviosa. Realmente no quería eso, no quería que le gustara Rimes. Porque si ese sentimiento incrementa, ella sufriría de verdad.

—Yo… —trató de hablar. Pero se estaba empezando a poner nerviosa. Nunca había abierto sus sentimientos hacia él a nadie ni quería hacerlo. Pensarían que es masoquista—. No lo entiendo, Dalia. No entiendo a Rimes. Algunas veces me desprecia y me trata como me trata y otras… —se quedó en silencio recordando aquel beso.

Dalia posó su mano sobre la espalda de Spencer.

—Di —insistió la rubia.

—Otras me besa —confesó.

Dalia se sorprendió ante tal declaración.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cuántas? —Interrogó.

—Solo una vez. La semana pasada. Fue la última vez que hablamos. Cuando pasó todo aquel lío.

—Mmmmh… Estoy sorprendida —admitió—. Pero bueno, si te besó es porque algo siente por ti —sonrió pícaramente. Era la primera vez que veía esa sonrisilla en el rostro de Dalia.

Spencer se sonrojó. ¿Sería cierto? No lo había planteado de esa forma. No. Imposible.

Aquella misma tarde se encontró con Rimes. A la salida. Justo en la entrada de Richroses. Él giró la cabeza en dirección opuesta a la de ella nada más verla.

Spencer le dio un empujón.

—¿Por qué finges que no me ves? —Interpeló ella.

—Porque te estoy ignorando —respondió secamente.

—Vaya, ¿no me digas que estás esperando tu limusina?

—¿Te importa? —Él sólo se la quería quitar de encima.

La chica estaba decidida a molestarle. Ella no había pasado una semana torturando insanamente a su mente con preguntas sin respuesta en vano. Él se las daría.

—Sí —miró al cielo—. Mira las nubes. Están muy negras, parece que vaya a haber tormenta. No lo parecía esta mañana.

—Bueno, pequeña e insoportable pobretona —respondió Rimes—. No me importa lo más mínimo. Yo iré en mi limusina calentito a mi casa. Te tendría que preocupar a ti, que te vas en autobús y vives en una urbanización muy lejos de aquí. Igual cortan la línea.

Empezó a chispear.

—Menos mal que hice caso a mi madre y cogí el paraguas —comentó ella levantando la mano donde sujetaba el objeto.

—Trae aquí —ordenó el pelirrojo quitándole el paraguas de las manos—. Este paraguas… Me lo voy a llevar yo —sonrió maliciosamente.

En aquel momento apareció la mencionada limusina con Sebastian al volante. Bajó la ventanilla.

—Lamento la tardanza, señorito —se disculpó el anciano—. Había un atasco. Van a cortar algunas calles, al parecer se avecina una tormenta bastante fuerte. No habrá ni autobuses —explicó. Miró a Spencer—. Hola, señorita Turpin. ¿Quiere que la acerquemos a su casa por algún casual?

Spencer fue a responder a la amabilidad del anciano pero no lo hizo debido a que Rimes habló primero.

—No la llames señorita, no lo es —cortó—. Y se va a ir andando —entró al coche y la miró—. Disfruta del paseo, Turpin —dijo con algo de mofa.

—Que te den —dijo sacando la lengua.

Echó a andar hacia su casa. Aun le quedaría una hora andando. Increíble. Querría haberle preguntado por aquel beso. Quería saber por qué lo hizo. ¿Estaría riéndose de ella otra vez? O quizá era cierto que tenía alguna oportunidad, por pequeña que fuese.

Cada vez caían las gotas de lluvia con más intensidad. Se paró frente a un escaparate y miró su reflejo. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo se había vuelto alguien así? ¿Desde cuándo sentía todo aquello?


Bruce estaba regocijándose en su limusina. Era tan divertido molestarla y hacerla rabiar. Repentinamente la lluvia comenzó a caer con mucha intensidad y el cielo, ennegrecido por las nubes de tormenta, emitía destellos propiciados por truenos.

Empezó a sentir remordimientos en su cabeza. Quizá se había pasado un poco quitándole el paraguas. Sabía que Spencer tenía que andar mucho para llegar hasta su casa. En aquel instante, el vehículo frenó.

—Vaya, señorito. Parece que hay un atasco —comentó Sebastian.

Rimes se quedó en silencio mirando el cristal del coche, mojado por las gotas de lluvia. Puso una expresión de molestia y salió del coche corriendo.

—¿A dónde va, señorito? —Preguntó Sebastian alzando la voz para que le oyera.

—¡Luego te llamo! —Respondió Bruce gritando.

Empezó a correr en busca de Spencer con su paraguas en la mano. Debía devolvérselo. Regresó al Richroses con la esperanza de encontrarla allí. No había nadie.

—Mierda… —se quejó.

Volvió a correr en dirección a casa de Spencer. Estuvo quince minutos corriendo. Llevaba el paraguas en la mano pero no lo abrió. Debía abrirlo su propietaria.


Spencer estaba bajo el porche de un 24h. Permanecía ahí esperando a que amainara la lluvia. Si se molestaba en ir a su casa con aquella tormenta al final acabaría resfriándose. No podía dejar de pensar en Rimes. Estaba sorprendida de pensar tanto en él. Le gustaba realmente.

—Soy una estúpida… —dijo para sí misma—. ¿Por qué estoy pensando en él? —Cerró los ojos—. Encima estoy hablando sola…

A los pocos segundos oyó unos pasos agitados sobre el suelo encharcado de la acera. Levantó la cabeza y se quedó atónita al ver a la única persona que no esperaba ver.

—Eres una estúpida, ¿desde cuándo permites que me burle de ti así? —dijo Rimes sin mirarla directamente, mientras le extendía el objeto.

Era cierto, ¿desde cuándo? A Spencer no le salía la voz de la sorpresa. Bruce abrió el paraguas al ver que ella no lo cogía y se lo puso sobre la cabeza. Estaba empapado. El agua se deslizaba por su pelo rojizo, por sus mejillas. Parecía que se había caído a un lago con su caro uniforme.

Spencer sintió que en aquel momento podía preguntarle. O que si no, nunca lo haría.

—¿Por qué me besaste? —Su expresión era algo triste para ser ella.
A Rimes le sorprendió aquella pregunta, pero no apartó su intensa mirada de ella. Ni ella tampoco de la de él.

—No preguntes cosas que sabes que no tienen respuesta ni sentido —fue lo único que dijo. Por primera vez, Spencer sintió que Bruce hablaba con mucha seriedad. El chico cogió la mano de ella y la llevo al mango del paraguas para que lo sujetara. Spencer no apartaba su vista de él—. Me das asco —espetó—. Adiós.

Spencer dio unos pasos tras él, pero decidió no ir detrás. Bruce se fue andando y no se giró ni una sola vez. Ella se quedó parada bajo la lluvia, con su paraguas sobre su cabeza, mirando su espalda empapada partir.
Viéndole y pensando en él, se dio cuenta que aquellas gotas de su mejilla no eran de la lluvia. Eran sus lágrimas

Bruce esperó varias calles para propinarle un puñetazo pleno de rabia a la puerta de un garaje. Comenzaba a odiar. A odiarse a sí mismo.