miércoles, 13 de noviembre de 2013

Capítulo 10 - No te vayas.

Una voz furiosa inundó cada rincón de la mansión Rimes. Bruce salió a trompicones de su cuarto la mañana del domingo, al ser despertado por esa voz tan familiar. Bajó a la sala de la casa y se encontró en el centro de ésta la figura de una mujer.

¡Clarice! —Exclamó sorprendido.

Ella permanecía de brazos cruzados mientras repiqueteaba con su pie en el suelo.

¿A qué viene esa sorpresa? ¿No recibiste mi carta? —Interrogó ella.

Sí... —asintió él.

¿Y por qué llego y no estás en casa?

Porque hoy es domingo y no viernes. Y tú dijiste que vendrías el viernes. ¿Acaso debo esperarte tres días sin descanso?

Sí —respondió ceñuda. Acto seguido, suspiró—. Hubo un problema en la organización del aeropuerto y se retrasaron todos los vuelos. Llegué anoche, pero no estabas.

¿Y qué piensas hacer?

Pues visitar varios lugares de esta ciudad, como siempre. Entre ellos mi vieja escuela.




Cuando Spencer se levantó de la cama no era consciente de lo que le aguardaba aquel día en la escuela. Entre bostezos se acercó al aseo. Permaneció frente al espejo, planteándose si hacerse su habitual cola de caballo o mejor un moño alto. No supo bien por qué, pero recordó la vez en la que Bruce, acariciando un mechón de su pelo, le dijo que le favorecía el pelo suelto. Se ruborizó inconscientemente y decidió ir con su melena al aire. Libre.

Sentía que todo seguía igual, que proseguiría con la rutina característica del instituto al que acudía. La antipatía de los alumnos y la cordialidad de unos pocos, los cuales podía numerar con solo una mano.

Cogió el autobús público, como de costumbre, hasta la parada más cercana a Richroses. Como siempre, el autobús la dejó con quince minutos de margen para el comienzo de la clase. Tan sólo empleaba cinco en llegar al instituto, los otros diez sobrantes los gastaba en algún entretenimiento improvisado y pasajero.

El ambiente cargado e incómodo que la rodeaba en aquellos momentos se palpaba desde la entrada del edificio. Los alumnos se giraban para mirarla de un modo acusador. Podía sentir los susurros que se dirigían entre ellos. Todo era más exagerado que otras veces.

Fue en el aula cuando se percató de un detalle: todos estaban pendientes del teléfono. Observaban la pantalla como si algo muy gracioso estuviera reproduciéndose en ella. Los chicos soltaban carcajadas. Las chicas manifestaban su indignación de un modo teatralizado. Estaba Dalia, pero no Parker. Cuando la clase fue consciente de la presencia de Spencer en el aula, se hizo un silencio total. Pero tras el silencio podía oírse el sonido de la maldad dentro de cada uno de ellos. Entonces se giró y vio algo que no le gustó nada: Una foto. Ella estaba plasmada en el papel impreso, en ropa interior y podía apreciarse una espalda masculina al desnudo.

Pronto supo cómo, cuándo y dónde sucedió aquel encuentro en el que acabó en sujetador. Y se preguntó como era posible que se realizaran esas fotografías. Era obvio que las hizo una de las personas que estuvo con ella aquella noche. Tuvo sus dudas durante un segundo, pero pronto lo tuvo muy claro. Sabía quién había sido. Aquel mezquino. ¿Cómo pudo dedicarle siquiera el menor pensamiento en casa?

Una voz corriente la despertó de sus pensamientos.

Vaya... Así que eres de esas. Luego pones cara de corderito.

La aludida se giró y vio como el chico que había hablado mostraba la foto de un móvil. Una igual que la que estaba decorando la pared. Mientras Spencer, con clara sorpresa en el rostro, miraba atónita el teléfono, él comenzó a pasar las fotos para que ella pudiera verlo. Tenía varias fotos de ella, de aquella misma situación.

Todo lo malo te lo mereces —secundó otra voz.

Spencer cogió aire y salió de la estancia sin molestarse en responder. Como pillara al indeseable de Bruce le iba a arrancar cada uno de sus sedosos pelos cobrizos.

¡Spencer! —Exclamó Dalia, que había ido tras ella—. ¿Estás bien?

Sí, estoy bien —sonrió—. Tan sólo estoy furiosa.

Esas fotos...

No sé en que momento las hicieron, pero no es lo que parece. Mi ropa se ensució y Matt me trajo ropa de recambio en un mal momento —aclaró.

Dalia frunció los labios.

Yo te creo —afirmó mirando con sus ojos avellana a su amiga.

Gracias. Ahora voy a ir a por la rata de Rimes.

Te acompaño —musitó.

Fueron hacia la clase de Rimes, pero no había rastro de él. La rabia estaba recorriendo su cuerpo. Rastrearon todo el centro hasta que llegó a la entrada, donde se encontraba el tablón de anuncios. Entonces Spencer percibió a una multitud de personas cerca de él. Un escalofrío paseó por su cuerpo desde la nuca a los pies. Que mal presentimiento le acechaba.

Pronto pudo confirmar sus miedos. El tablón estaba lleno de fotografías de ella en ropa interior. En aquel momento, toda su rabia se convirtió en una terrible sensación de impotencia. Las piernas comenzaron a temblarle nerviosamente, apretó los puños y los dientes y, antes de caer en cuenta de lo que hacía, estaba arrancando histérica las imágenes en las que su persona era protagonista.

No tardaron en llegar a sus oídos palabras hirientes provenientes de las bocas de las rosas del Richrose. Palabras como “zorra” o “puta”. Aquello era demasiado. Comenzaban a pasarse. Eso pensó hasta que algo golpeó su cabeza.

Se tocó con la mano izquierda la cabeza y notó algo viscoso pegado a su pelo. Habían lanzado un huevo, como si de un proyectil se tratase, contra ella. Tragó saliva. Sentía que la nariz comenzaba a picarle y que se le estaban humedeciendo los ojos. No obstante, no quería ceder. No quería mostrarse débil contra aquella manada de lobos hambrientos.

Notaba como Dalia le hablaba, le intentaba tranquilizar. Notaba la voz de su amiga asustada.

¿Se puede saber qué pasa aquí?

Todo el mundo hizo un silencio sepulcral al oír una voz decidida cuestionar lo que sucedía. Una mujer muy joven, no muy mayor que el alumnado, se abrió paso entre la multitud. Spencer levantó la cabeza para verla y pensó que era la chica más hermosa que había contemplado en toda su vida. Tenía el pelo rubio ceniza, que caía en tirabuzones por su espalda, los ojos verde hierba y los labios rosados. Unas espesas pestañas decoraban sus rasgados pero grandes ojos.

Cielo santo... —susurró la chica—. ¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto? —Preguntó a Spencer con una mirada de preocupación. Se giró hacia el resto—. Ya ha acabado el espectáculo. Podéis iros.

Los estudiantes obedecieron dócilmente. Una vez que se hubieron dispersado y sólo quedaron Dalia, Spencer y aquella muchacha, comenzó a hablar.

Estoy bien —respondió al fin Spencer, cuando pudo recobrar la razón—.

Ven, cielo. Vamos a limpiarte un poco —dijo mientras obligaba a Spencer a erguirse del suelo.

Dalia —nombró Spencer—, no te preocupes, puedes ir a clase. Puedo arreglármelas.

Dalia dudó un momento y finalmente asintió con la cabeza y, mandándole un casto y tierno beso, se fue. Spencer se sonrojó, ¿cómo podía ser Dalia tan adorable?

La joven la trasladó hasta el baño. Allí sacó un precioso pañuelo de su bolso D&G. Indicó a Spencer que se remojara el lado de la cabeza que había sido manchado con el huevo, puso jabón de manos sobre él y frotó para luego aclararlo.

Que suerte que haya jabón de manos en los baños —comentó Spencer.

Sí —dijo la chica de voz agradable y gentil.

Se sacó un peine del bolso y danzó con él por la melena de Spencer.

Por cierto, muchas gracias.

No es nada —aseguró con dulzura ella—. Mi nombre es Clarice.

Encantada. Yo soy Spencer.

Y... ¿Cómo ha sucedido esto, Spencer? —Preguntó mientras terminaba de peinar el cabello chocolate de la estudiante.

Spencer se rascó la nariz.

Pues... Mmm... Digamos que el rey me la tiene jurada. Alguien ha ido repartiendo fotos mías por Richroses y yo estoy plenamente convencida de quien ha sido.

Entiendo... ¿Te apetece ir a tomar algo a la cafetería de aquí? —Inquirió Clarice sonriente.

No... grac-... —no pudo terminar la frase porque la rubia la interrumpió.

Tranquila, baby. Invito yo.




Bruuuuuuuuce —susurró una voz en la oreja del respectivo.

Joder tío, basta —exigió Rimes quitándose la cara de Thomas de él.

Ambos estaban en la limusina de Bruce, dirigiéndose hacia el Richroses.

Llegamos tarde... —comentó el rubio cobrizo.

Claro, ¿de quién es la culpa?

Nadie te había pedido que fueras a mi casa a primera hora de la mañana a despertarme y a traerme el desayuno.

Thomas rio.

Oh, vamos. Yo también quería ver a Clarice —miró a Rimes con una ligera malicia—. Aunque estoy seguro de que tú quieres ver a otra persona.

No sé de qué me hablas —respondió Bruce de brazos y piernas cruzadas, aparentando indiferencia, pero lo cierto es que sabía que su primo llevaba razón. Spencer se había metido en su cabeza. Su cara vulgar, su sonrisa inocente, su forma de hablar y de moverse, su mirada... Su cara estaba dejando de ser tan vulgar poco a poco.

El sonido del iPhone de Bruce les sacó de la conversación. Sacó el teléfono de su bolsillo, abrió el mensaje multimedia que le había legado. Estaba en número oculto y al parecer pesaba mucho. Vio las imágenes que contenía y se le heló la sangre. Thomas palideció cuando vio el contenido.

No puede ser... —musitó Parker en shock—. ¡Ese conjunto interior de ositos es muy infantil!

Cállate —gruñó Bruce muerto de rabia y apretando su móvil con intensidad.



Un café con leche para despertarse con un delicioso croissant. Eso necesitaba Spencer para despejarse. Clarice se había pedido un té de frutas del bosque.

¿Está rico? —Preguntó la rubia.

Sí. Gracias de nuevo.

No hay de qué —respondió alegre—. Y... Respecto a nuestra conversación en el baño... ¿Puedo saber quién es el que la tiene tan tomada contigo que logra que todo el centro vaya contra ti?

Spencer dio un sorbo a su café antes de responder. Después se aclaró la garganta.

No creo que lo conozcas. Se llama Bruce, Bruce Rimes —informó.

Clarice abrió los ojos. Parecía que se iba a atragantar con el té.

Sí, le conozco —enunció.

Entonces sabrás lo estúpido que es —Spencer apreció como Clarice hacía una mueca indescifrable ante su comentario—. No sé cuanto lo conoces, pero la experiencia me dicta que es un déspota, un cabezota, maleducado, mimado y narcisista.

Clarice soltó una carcajada.

Ya veo que lo tienes cazado.

Sí... —asintió con rubor—.

Al poco tiempo entró en la estancia un estudiante, andaba a paso ligero y su rostro reflejaba clara preocupación. Parecía que buscaba a alguien. Pronto visualizó a Spencer y se dirigió directo a ella. Como un bólido.

Turpin —nombró él—. La has hecho buena.

Dejadme en paz —rezongó ella.

Rimes está muy furioso —informó alterado—. No deja de preguntar por ti y Sam Reynolds tropezó con la papelera y accidentalmente manchó su zapato. Ha entrado en cólera. Le ha dado un rodillazo en la boca del estómago y ha comenzado ha golpearle con los puños. Está completamente desatado. Todo por tu culpa.

¿Mi culpa? —Inquirió—. Perdona pero no sé de qué se me acusa.

Esas fotos cabrearían a cualquiera.

Spencer abrió la boca de pasmo.

Esas fotos, aparte de dar una imagen errónea, no le incumben. No le incumbe a nadie mi vida.

A mí no me des explicaciones, pava. Pero Rimes te odia desde el primer día que te vio. Esas fotos solo alimentan su odio. No se detendrá hasta que desaparezcas del instituto.

La chica no sabía que decir.

Tranquila, Spencer —dijo Clarice con amabilidad— chico —se dirigió al estudiante—, ¿puedes llevarme hacia donde está Bruce?

Spencer se sorprendió de la forma en que Clarice se refirió a Rimes. Pero también apreció algo extraño en el rostro del muchacho al mirar a la rubia.

Tanto Spencer como Clarice le encontraron en el pasillo del primer piso. Su mirada era fría y calculadora. Cuando Spencer observó sus ojos, helados, desprovistos de emoción, como si estuvieran marchitos, sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo. Jamás le había visto antes con aquella expresión. Estaba golpeándose con una de las personas que trataba de separarle. En aquel momento supo, que nunca antes conoció lo que era Rimes enfurecido. Todo lo que le hacía a ella parecía un juego de niños -aunque en parte lo era-.

Hizo un amago de acercarse a él, pero Clarice la detuvo agarrándola de la muñeca.

Spencer, será mejor que no te entrometas —advirtió—. Está muy agresivo.

La morena le dirigió una fugaz mirada por un segundo, en signo de asentimiento. Al rato volvió a dirigir la mirada hacia el pelirrojo. Un par de profesores llegaron a poner calma a aquel percal, pero recibieron codazos y patadas. Spencer no podía creer la imagen que estaba contemplando. Estaba atónita. No daba crédito a aquel espectáculo. Parecía un animal salvaje. Y lo peor de todo es que desconocía el motivo.

¡Para ya! —Exclamó al fin sin poder evitarlo.

Al escuchar la voz de Spencer, a Bruce pareció que se le activaba algo. Reconoció su voz al instante. Soltó a sus víctimas inocentes y puso rumbo a la joven. Clarice se puso de por medio.

Relájate, Bruce —le ordenó con voz firme.

Bruce pareció relajarse.

Estoy bien —enunció—. Sólo necesito explicaciones —miró a Spencer.

¿Explicaciones de qué? —Preguntó la aludida.

De esas fotos que tiene todo el mundo.

La chica apretó los labios. No le hacía ninguna gracia haberle visto con aquella actitud. Le daba miedo. Miedo de verdad

No tengo que darte explicaciones de nada, bruto.

¿Cómo me has llamado? —Estaba nervioso.

Basta ya —dijo Clarice—. ¿No te das cuenta de lo que acabas de hacer?

Rimes respiró hondo.

No estoy de humor.

Estás loco —escupió Spencer—. Eres un violento y un patán. Tu comportamiento no tiene justificación alguna. No sé porqué este ataque psicótico, pero no quiero que te me acerques.

Al chico no le agradaron nada aquellos comentarios de Spencer. Sólo contribuían a alimentar aquella furia que cobijaba en su interior.

Ni te atrevas a hablarme así, pobre de mierda —replicó él—. Si he hecho todo esto ha sido por ti. Por tu culpa. Ya veo que es cierto lo que dice la gente. Eres sólo una guarra. Como se nota tu estatus, tan vulgar y asqueroso.

Spencer no podía más. ¿Cómo se atrevía? Después de haber llenado el instituto y todos os correos de la gente con aquella fotos, ¿aun tenía el valor de llamarle guarra? Las palabras de Bruce, frías como cuchillos, faltas de sentimientos y sin ningún tipo de brillo en la mirada, le dolieron más de lo esperado. Empezó a temblar.

Está bien. Te prometo que ya no seré un impedimento más para ti —dijo con la voz quebrada.

Inmediatamente salió corriendo de la escena. Todo lo que podía y más. Se dirigió hacia su aula, recogió sus cosas nerviosamente y volvió a salir de ella. Al girar la esquina, una mano grande y suave la detuvo agarrándola del brazo potentemente.

¿Qué haces? —Preguntó Rimes. Estaban a solas.

Me voy —respondió ella—. Para siempre.

Al escuchar aquellas palabras, el corazón se le detuvo.

¿Cómo que te vas?

¿No es lo que querías? Lo has conseguido. Hiciste lo que pudiste y tu esfuerzo ha tenido su resultado —dijo Spencer con un palpable sarcasmo. Sus ojos comenzaban a enrojecerse—. De verdad, eres lo peor que me he cruzado en la vida. En cuanto salga por la puerta de este instituto, no quiero volver a entrar jamás.

¿Te estás poniendo así porque me haya peleado? —Arqueó las cejas.

Sí. Y porque una vez casi me ahogas, has logrado que todo el instituto me odie, me arruinaste el sábado...

¿Te lo arruiné?

No.

Obviamente —respondió con una fingida serenidad.

No lo parecía.

¡Oh, por Zeus! Cállate de una vez —exclamó ella estallando—. Supongo que a ti te habrá parecido divertido ingeniártelas para sacarme esas fotos, pero a mí no me ha hecho ninguna gracia —comenzaba a sentir la humedad en sus esferas—. Todos denigrándome todavía más, viendo como se burlaban de mi semidesnudez. Especulando sobre que hacía en aquel momento...

¿Yo? —Inquirió claramente sorprendido ante aquel comentario—. Yo no he sacado esas fotos. Ni las he colgado.

No intentes engañarme —gruñó—. Nadie desea más mi ruina que tú.

Bruce estaba demasiado molesto por el suceso anterior, y que ahora se le achantaran las culpas de aquellas imágenes alimentaba el fuego de su furia.

Mira —comenzó a hablar él con un tono frío. Se palpaba su enfado—, yo no tengo la culpa de que vayas quitándote la ropa frente al primero que pasa —Spencer abrió la boca incrédula—. Apoquina con las consecuencias. Si te has comportado como una buscona y la gente te ha descubierto, no te hagas ahora la buena. Has caído tan bajo que te has dejado besar por el fango.

El silenció se tiñó de un sonido fuerte y seco. La palma de la mano de Spencer había ido a descargar toda su fuerza en la tersa mejilla de Bruce. Estaba roja de ira y las lágrimas se deslizaban por sus pómulos, delineando el arco de su cara. Bruce sentía como le picaba la zona dañada y como el calor se aglomeraba en ella.

Vete a la mierda —espetó—. Hasta nunca —apenas le salía la voz.

Antes de poder dar media vuelta, Bruce la sujetó nuevamente de la muñeca derecha para girarla hacia él otra vez, colocó su masculina mano sobre el hombro izquierdo de Spencer y la empujó contra la pared. Acto seguido, agarró la otra muñeca, de modo que ambas manos, subyugadas a las de él, permanecían a la altura de su cabeza.

Spencer sintió como la respiración alterada de Rimes rozaba su cara. Estaban demasiado cerca. Casi le acariciaba el pelo cobrizo la frente. Se quedó ensimismada mirándole, perdida en aquellas orbes grisáceas, heladas. Nunca había apreciado ningún tipo de emoción del chico en su miada, pero en aquel instante pudo apreciar un desesperado sentimiento de soledad. Sus ojos se clavaban en los de ella, sin embargo, no era consciente de que sus ojos, cálidos y dulces como el chocolate, temerosos como los de un cordero herido, surgían el mismo efecto sobre él.

No tardó en despertar del hechizo de la mirada.

Suéltame —ordenó ella sorprendida por aquel suceso inesperado.

No.

Que me sueltes —insistió.

Aquí se hace lo que yo digo. Ya lo sabes.

Spencer no podía dejar de pensar que aquel rostro era más hermoso que cualquier flor y más impactante que la aurora boreal.

Eres el diablo —sentenció.

Él delineó una sonrisa. Su característica sonrisa retorcida y maquiavélica que tan tensa la ponía.

No sonrías y que me suelt-

No termino la oración puesto que sus labios habían sido sellados con los de Bruce. Sentía la calidez de su boca y como la lengua se abría paso dentro de ella, enroscándose con la suya, jugueteando, acariciándola. Spencer sintió como todos sus pelos se ponían de punta. Aquello sí que era inesperado. El corazón bombeaba a mil. Al igual que el de él. Resultaba un beso atormentado y desesperado a su vez, aunque poco a poco fue relajándose.

Spencer no podía seguir su ritmo. No podía respirar. Las emociones que estaba sintiendo le estaban consumiendo hasta las entrañas. Sus pómulos parecían dos rojas manzanas del rubor de aquel acto. Al poco, Bruce separó su boca de la suya.

Tú no te vas a ir a ninguna parte —dijo y, antes de que ella pudiera replicar, ya se estaba marchando.

A la chica no le salía la voz del impacto. No supo cuanto tiempo permaneció en medio del pasillo, en pie, quieta y mirando la nada. La voz de Dalia la sacó de la emoción que se repetía en ella como la replica de un terremoto.

¿Qué tal estás?

Ella miró a Dalia y frunció el ceño.

Creo que bien.

¿Y Clarice?

La morena recordó a aquella joven.

No lo sé.

Dalia la miró fijamente.

Sabrías al menos que es la hermana de Rimes...

El asombro en la cara de Spencer era digno de decorar la sala de un museo. Dalia pensó que jamás había visto una expresión tan graciosa.



Cuando Spencer entró al instituto, volvió a sentir la sensación del día anterior. Apreció que no sólo la observaban los alumnos que se encontraban en el jardín, sino que también los de las aulas desde las ventanas. Recordó su beso con Bruce y aunque no tenía la menor idea de que significaba, sabía que había ganado algo. Y aunque en parte quisiera negarlo, estaba alegre, porque aquel chico le gustaba más y sentía que quería conocer más de él.

Mirando a los estudiantes, frenó en medio del patio, asegurándose de que la miraban bien. Alzó el puño y sacó el dedo corazón.


Que les den.

viernes, 12 de julio de 2013

Capítulo 09 - Me enfermas en sábado noche.


Spencer y sus amigos se situaban en una mesa pegada a la pared y cerca de la puerta de los servicios. No muy distanciados de ellos se encontraban Bruce y Thomas, éste último en un regocijo interior superior a cualquier otro.

Espero que no tarde mucho más en llegar la pizza —comentó impaciente Spencer.

Matt estaba sentado a su lado y Elena y Lisa en frente de ellos. Dalia era la que se encontraba en el asiento del lateral, presidiendo aquella rectangular mesa de madera.

Spencer, supongo que ya lo sabrás pero ese chico de antes no te quita el ojo de encima —informó Lisa—. ¿Quién es?

Matt fijó su atención en la futura respuesta de la chica.

Es un estúpido —respondió—. Un niño de mamá de mi instituto. No le hagáis caso. Se alimenta de la atención de la gente. Es la fuente de su poder.

Dalia dejó escapar una risilla y Spencer se alegró, pues notaba que la rubia se sentía incómoda ante la presencia de Parker en el local.

Pues creo que la atención que necesita es la tuya —sentenció Elena.

En aquel momento llegó la camarera con la comanda de cada uno.

Pues no lo creo —dijo ella una vez que la camarera se hubo marchado.

Fue a agarrar una porción de su cena cuando la siempre impertinente voz de Rimes la detuvo.

¡¿Vas a cogerlo con las manos, salvaje?! —Dejó escapar él.

Spencer puso los ojos en blanco.

¿De dónde ha salido este extraterrestre? —Preguntó en voz baja Matt.

Tú lo has dicho, es un extraterrestre —le susurró Spencer.

¿No me vas a responder, maleducada? —Gimoteó indignado Bruce.

La chica bufó y se giró hacia él.

¿Me dejas cenar? Gracias —vaciló.

La barra donde Bruce acumulaba su rabia comenzaba a llenarse poco a poco.

Esa chica me irrita... —murmuró Bruce.

Parker era incapaz de borrar de su cara una sonrisa. Le encantaba aquella situación. Era mejor de lo que creía. Además, estaba Dalia. Parecía un espectáculo montado para él.

Un trozo de pizza se acercaba a la boca de Spencer sin poderlo evitar y Bruce observaba el acto como si se tratara de una gran película. La mejilla de la chica había quedado manchada por tomate, pero ella ni se había percatado. Al pelirrojo aquello le hizo gracia. Sin embargo, cuando Matt limpió sonriente, con la ayuda de un pedazo de papel, la mancha de la mejilla de Spencer, el sentimiento que sintió Bruce en su interior no era de gracia precisamente.

Mira a la boba... No se le da bien comer con las manos tampoco... —escupió con retintín Rimes.

Esta vez fue Dalia la que replicó a Bruce.

Thomas —mencionó—. ¿Puedes decirle a tu primo que se calle un rato?

A Spencer le sorprendió sobremanera que Dalia le hablara así y al instante pudo ver como la cara de Bruce se enrojecía. Éste hizo un amago de levantarse pero Thomas le agarró potentemente del brazo.

Bruce, con Dalia no te metas —habló en un tono de voz tan bajo que sólo lo pudo oír Rimes.

Bruce se le quedó mirando con interés. Apoyó la cara sobre su mano y dibujó una mueca similar a una sonrisa en su rostro.

Con que soy yo el obsesionado, ¿eh? —Comentó.

Dalia sentía en la mirada de Spencer el asombro de ésta.

Así se hace —animó Lisa.

Dime una cosa, Matt —comenzó a decir Spencer—. ¿Sigues tocando la guitarra? La última vez que te oí tocar fue el verano pasado...

El chico le sonrió. La calidez de su sonrisa era perfecta en su pecosa imagen. Era muy diferente a Rimes. Eso fue lo que pensó Spencer y se maldeció por ello. Por comparar a su mejor amigo con un déspota.

Sí, claro —respondió él.

Además está empezando a componer —informaron Lisa y Elena.

Spencer abrió la boca en señal de fascinación.

Pero eso es genial —dijo.

Sí, bueno. Ya sabes que lo mío es la acústica —explicó ruborizado. Carraspeó y miró a la morena más seriamente—. Cuando sea famoso podrás venir a todos mis conciertos gratis. Tú serás la invitada especial.

Ella rió y se rascó la oreja con sofoco, pero no respondió.



Una vez terminada la cena y pagada la cuenta, el grupo se puso en pie. Estaban decididos a salir a una de las discotecas de Londres.

Cuando Rimes advirtió que había movimiento al rededor de Turpin, él también se puso en pie, dándole un codazo a Parker para que hiciera lo propio.

¿A dónde vas? —Preguntó a su objetivo.

No te importa —respondió Spencer tajante.

Lisa se acercó a él.

Vamos a alguna discoteca. ¿Te vienes? —Invitó.

¿Pero te has vuelto loca? —Cuestionó Spencer acercándose a los dos.

Está bien. Iré —manifestó su falsa molestia—. Pero iremos a donde yo diga —Spencer veía como se aproximaba una disparatada proposición—. Vamos al Black Bird Club.

Eso es un club privado, idiota —enunció Spencer.

¿Y qué?

Que nosotros no somos socios ni tenemos dinero para serlo.

Había olvidado que comías en la basura, pero no te preocupes —la cara de Turpin enfurecía por momentos—. Mi familia es la dueña por lo que si vais conmigo os dejarán pasar —sonrió con triunfo.

La chica se resignó. Estaba harta de no poder librarse de él ni un fin de semana.

Oye —esta vez fue Matt quien se dirigió a Rimes—, el Black Bird Club está muy lejos de aquí.

En el momento en que Bruce vio como aquel chico tuvo la insolencia de dirigirse a él con total calma, su sangre comenzó a hervir. Ese individuo no contribuía a que aumentase su buen humor. Lo que hizo fue posarse frente a él, como si estuviera plantándole cara, y fijó su mirada de gradiente gris en él. Parecía que lo estaba acuchillando con su imponente mirada.

No te preocupes —respondió Bruce con su característica mueca y arrastrando las palabras—. Llamaré a mi limusina.

La imagen de Matt era de pasmo y Spencer apreció como todos sus amigos, salvo Dalia, estaban estupefactos. Por supuesto, ellos eran de clase media como ella, no estaban acostumbrados a tales lujos ni a tratar a gente con tales desequilibrios como Rimes, algo a lo que ella se estaba comenzando a habituar.

Ella se vio obligada a ceder, pero notó que tanto Elena como Lisa estaban emocionadas por subir a una limusina. Al estar en el interior de ésta, el trayecto fue aun más incómodo que la cena en el Big Piece, y sentía que estar en el Black Bird sería el colmo de lo surrealista.

Spencer estaba flanqueada, en el asiento del vehículo, por Matt a un lado y Bruce al otro. En frente de ella estaban Elena, Dalia y Thomas. Lo mirara por donde la mirara, se trataba de una situación absolutamente incómoda. Por si fuera poco, Lisa se encontraba al otro lado de Rimes.

Apreciaba como Thomas y Dalia no intercambiaban palabra, pero como él se quedaba absorto mirando a la rubia, la cual no levantaba la vista del suelo. Spencer sentía como Bruce estaba muy pegado a ella. Sus brazos estaban chocándose y podía sentir como su perfume narcisista era captado por su olfato. Entonces miró al otro lado, y vio como Matt la contemplaba. Se sintió extraña, el brazo de Rimes hizo más presión sobre el suyo y su corazón dio un vuelco de sorpresa. Su rostro era de circunstancias.

¿Estás bien? —Le preguntó Matt—. Estás muy roja...

La chica tenía la boca entreabierta y no había reparado en ello.

Sí, estoy bien... —tranquilizó una vez que fue consciente de su cara de bobalicona.

Oye, Turpin... —llamó silencioso Rimes—. Tu amiga no se despega de mí...

Spencer se asomó con disimulo hacia el lado donde estaba situada Lisa, la cual estaba estrechando el brazo de Bruce. La idea de que su amiga pudiera querer ligar con Rimes no se trataba sino de un mal presagio. Cuando Lisa quería poner sus zarpas sobre su presa, lo hacía. Y no paraba hasta cazarla.

Cuanto más abrazaba ella el brazo del chico, más podía apreciar Turpin una mueca de horror en la cara de Bruce que le resultaba terriblemente divertida.

No quedaba mucho trayecto para llegar al Black Bird Club. En aquel momento, Spencer reparó en su ropa. Iban a ir a un club privado, perteneciente al Imperio de la familia Rimes y donde acude la gente con más estatus y poderío de la ciudad de Londres. Rimes y Parker iban arreglados. Incluso Dalia. Esas vestimentas formaban parte de su rutina aristocrática. Sin embargo, ella y sus amigos estaban relativamente arreglados. Lo suficiente como para ir a un lugar normal para la clase media. Cuanto deseaba que en el local a donde se dirigían no estuviera la gente vestida con ropas de gala.

Se giró hacia el pelirrojo y descubrió que la estaba mirando completamente serio. Tuvo la sensación de que sabía lo que estaba pensando y lo que le preocupaba.

Eh —le dijo él—. Ya tendrás otras ocasiones para arreglarte más.

Aquello la desconcertó. No tenía la menor idea de a que se refería con “otras ocasiones”.

Antes de poder parpadear, la limusina frenó frente a la puerta del club y Sebastian abrió la puerta de la limusina.
Y te parecerá correcto que Sebastian siga abriendo la puerta —recriminó Spencer.

Oh, por favor, Turpin. No se va a morir.

Al entrar al club, Spencer vio como todos sus pensamientos eran completamente ciertos. Aquello era de lujo. Sonaba música clásica y parecía más un hotel de cinco estrellas que un club.

Chicos, seguidme, la sala que corresponde a la discoteca está por aquí —guió Bruce, que iba saludando a todas las personas que se acercaban a él conforme avanzaba.

El grupo de Spencer suspiró de alivio. Se sentían fuera de lugar.

Dime, ¿tú estás acostumbrada a esto? —preguntó Matt.

Créeme que nunca te acostumbras —respondió ella—. Y esto también es nuevo para mí.

Spencer reparó en que Parker estaba muy cerca de Dalia y que ésta imploraba ayuda con la mirada. Después de saber el tipo de relación que mantenían, a Spencer le era muy enrevesado fingir que lo ignoraba.

¡Dalia! —Reclamó repentinamente—. Ven. ¿Has visto esto? —Trató de buscar una excusa ante la astucia de Thomas, puesto que debía continuar aparentando desconocer su relación.

Bruce les condujo hacia una gran puerta negra custodiada por dos hombres bien trajeados.

Van conmigo —expresó.

Los hombres hicieron una cortés reverencia dedicada a Rimes y abrieron la puerta. Tras ella había una enorme pista de baile con un par de tarimas, al fondo se hallaba una barra de bar y una zona para sentarse a los costados. Era un lugar con una organización perfecta. La música que decoraba la sala era música disco y Spencer sintió que se encontraba en los años ochenta, pero no le desagradaba y estaba convencida de que a sus amigos tampoco.

Había un número moderado de gente, lo cual era de agradecer. Spencer no resistía las aglomeraciones de personas: le agobiaban y no podía disfrutar.

¡Es increíble! —Exclamó Elena. Agarró del brazo a Lisa y a Matt—. Venga, vamos a bailar —miró a Spencer—. ¿Vienes?

Spencer simuló una sonrisa.

Creo que me voy a sentar un rato. Ahora voy —se giró hacia Dalia—. ¿Tú vas a bailar?

Sí —respondió Thomas en lugar de Dalia—. Va a bailar conmigo —posó su mano en el hombro de la chica—. ¿A qué sí?

Dalia asintió con la cabeza.

Si quieres sentarte —dijo Thomas—, nosotros nos sentamos allí —señaló con el dedo una mesa ligeramente más apartada que el resto—. Es la reservada para Bruce.

Vale...

Antes de ir a la pista con Dalia, le guiñó un ojo a Spencer, lo cual la desorientó. Parker, aunque quizá de otro modo, seguía siendo tan misterioso como el primer día.

Spencer tomó asiento en la mesa que indicó Thomas. Desde ese lugar se veía a la perfección a sus amigos bailar, comenzó a reír al verles hacer el tonto al ritmo de música disco. Pronto, la característica voz de Rimes la sacó de sus pensamientos.

¿Tú no bailas? —Preguntó sentándose frente a ella, en los acolchados sofás que ejercían de asiento.

Ahora mismo no.

¿No te va la música disco? —Investigó—. Venga, si quieres bailo yo contigo. Seré tu John Travolta en Fiebre en sábado noche.

Spencer rió.

Contigo sería más bien Me enfermas en sábado noche —paró de reír cuando se dio cuenta de que lo hacía: de que se estaba riendo con Rimes—. No, no es por la música disco, es simplemente porque no me siento cómoda en este lugar.

¿Por qué?

Porque es incluso más lujoso que el Richroses —alegó.

Entonces será mejor que no veas mi casa —alardeó él.

Ambos se quedaron unos instantes en silencio, sin pensar en nada, sólo mirándose, y Spencer sintió que quería saber más acerca de la persona que tenía frente a ella.

¿A ti sí que te va este tipo de música? —Preguntó.

Bueno, no es fruto de mi devoción, pero me gusta —respondió mirando de reojo la pista.

Entonces, ¿qué te gusta? —Interpeló casi sin darse cuenta.

Él fijó la vista en ella.

La música clásica... Chopin, Beethoven, Stravinsky, Bach... Es lo que realmente me llena y lo único que me entiende.

Aquellas últimas palabras, “lo único que me entiende”, hicieron ver a Spencer que aquello que dijo Thomas tiempo atrás, a pesar de que le costara aceptarlo, era cierto. Y que Rimes era una persona atormentada a pesar de su apariencia. Ella sabía que él había bajado la guardia, y que aquello lo había dicho sin pensar, pero no diría nada que pudiera hacer más extraña aquella situación de lo que ya era de por sí.

Pero Bruce fue consciente de su desliz con ella y trató de disimular como siempre.

¿A qué viene tanto interés, Turpin? —Consultó—. No me digas que te has enamorado de mí —dijo en un tono de voz descarado a juego con su sonrisa.

Spencer sólo tenía una respuesta en la cabeza: “No lo sé”. Pero en lugar de ser franca con él y consigo misma, puso los ojos en blanco y dijo:

¿De ti? No me hagas reír —hubo un silencio entre ellos, ambientado por la música. Un silencio nervioso que alguno debía romper—. A veces no te entiendo... —continuó hablando ella con la vista fija en la mesa.

¿Qué? —Gesticuló Bruce.

Unas veces me repudias y otras te sientas a hablar conmigo como si me considerases una persona normal —explicó—. Y soy una persona normal, pero no sé en que piensa tu retorcida mente.

En aquel momento, Matt apareció ante ellos.

Las chicas y yo te reclamamos —dijo con su cálida sonrisa extendiéndole una mano a Spencer.

Ella le dio su mano sin decir nada, únicamente su mirada volvió a chocarse con la de Bruce una última vez.

Me das asco —dijo Bruce mientras la chica se ponía en pie.

Spencer lo escuchó perfectamente. Parpadeo fuertemente dos veces. Era cierto, aquello iba a ser así siempre. Su vida en el Richroses será siempre un enfrentamiento constante con el rompecabezas Bruce Rimes.

Una vez en mitad de la pista se vio acorralada por una oleada de preguntas insistentes por parte de Lisa y la mirada espectante de Elena.

¿De qué habéis hablado? —Interrogó Lisa.

De nada...

Se os veía con mucha confianza —continuó hablando.

Lisa, no te pongas pesada —dijo Matt con su mano en el hombro de Spencer.

El sonido de la música era más molesto en aquella zona que donde se encontraba antes con Rimes, por lo que tenían que levantar más la voz para entenderse.

¡No la molesto! Sólo me parece un chico muy interesante —admitió.

Tampoco os recomiendo hablar con él —advirtió Spencer haciendo una seña a Matt para ir en dirección de Dalia y Parker.

Observaba el panorama que se cernía en sus dos únicos amigos, o especie de amigos, en Richroses. Estudió el comportamiento de Parker, el cual hacía bromas a Dalia. Ésta sonreía a veces. Fue entonces cuando Spencer se percató de que en la mirada que Thomas le dedicaba a la rubia, había algo más de lo que Dalia había captado.

Fue entonces cuando Matt puso su mano sobre los ojos de Spencer.

Estás muy rara hoy. ¡Despierta!

Luego pellizcó su mejilla y ella echó a reír.

Te reto a un baile estúpido —Desafió Matt—. A ver quien es más personaje.

A mí no me ganas —dijo Spencer sonriente.

Comenzaron a bailar de un modo que resultaba cómico. Dalia y Thomas les observaban con jolgorio. No podían ver a la gente comportándose como lo hacían ellos todos los días.

Bruce les contemplaba desde la mesa, tomándose un Martini. Experimentaba una rabia ciega hacia el amigo de Turpin. No le gustaba. Sentía como si llevara todo el tiempo que ha estado juntos desafiándole. En especial cuando se la ha llevado estando con él. ¿Cómo se atrevía? ¿No veía que era superior a ambos? Tan sólo eran una panda de maleducados ignorantes.

Te veo serio —comentó Miller, la cual había aparecido al lado de Bruce—. Pareces un hombre fracasado bebiendo así de serio.

¿Qué haces tú aquí? —Preguntó Bruce.

Creo que tengo toda la libertad para venir aquí —miró hacia donde se dirigía la vista de Rimes—. Deja de mirarla así. Rozas el acoso.

No la miro de ninguna manera.

Ya, claro. Y yo uso peluquín... —dijo Miller con mofa—. Será mejor que no te encariñes con ella. Ni con ella ni con nadie. Ya sabes lo que te toca —advirtió.

Yo no decidí eso —replicó él.

Yo tampoco —se limitó a decir ella—. Bueno, ¿no quieres bailar un poco?

Rimes se puso en pie a regañadientes y ambos se dirigieron hacia el resto.

Hola, Turpin —saludó Miller mientras Spencer se encontraba en plena carcajada.

Ella cambió su cara de repente.

Hola, Miller —respondió.

¿Quién es? —Quiso saber Matt.

Una chica de mi clase —explicó—. No he hablado mucho con ella, en realidad.

En cuanto las amigas de Spencer vieron a Rimes, se acercaron a él. Era evidente la fijación que había desarrollado Lisa con él. Y no era de extrañar teniendo en cuenta el indudable atractivo que poseía el pelirrojo.

¿Quieres algo de beber? —Preguntó Miller a Spencer.

No, gracias —dijo ella educada—. Además, yo no bebo.

Venga, mujer, invito yo —insistió.

Bueno...

¡Bien! —Exclamó antes de que Spencer pudiera objetar algo y fue directa a la barra del bar.

No entendía cuales eran las intenciones de Miller. Esa chica suponía un misterio. Nunca se había dirigido a ella de malas maneras como la mayoría de los estudiantes del Richroses pero si que habían tenido encuentros que resultaban de lo más singular.

Cuando vio que sus amigas estaban acechando a Bruce, fue hacia ellas con la intención de rescatarlas.

¡Eh! —Voceó.

Spencer —habló Lisa—, estamos bromeando con tu amigo Rimes.

Bruce y ella se miraron.

¿Amigo? —Inquirió agarrando del brazo a Lisa y apartándola de él, dejando atrás a Elena—. No somos amigos. Todo lo contrario. No habléis con él. Es de las personas más egoístas y malvadas que puedes conocer.

Lisa miró a Spencer con represión.

Pues antes hablabais como si fuerais íntimos —replicó.

¿Cuándo? —Se defendió Spencer.

Hace un momento. No lo niegues otra vez. No quieres que hablemos con él no porque sea enemigo tuyo. Y lo sabes.

Spencer la miró con el ceño ligeramente fruncido. Como si no entendiera a que se refería su amiga.

¿Qué quieres decir?

Lisa cogió aire.

¿Te gusta verdad? —Averiguó—. Sé sincera contigo misma.

El rostro de Spencer era puro desconcierto.

Yo...

¿Quieres que hable con él? —Preguntó con su mejor intención.

¿Eh? —Fue lo único que pudo decir antes de que Lisa la cogiera de la mano y la llevara consigo de vuelta hacia donde se encontraban Elena y Rimes.

¡Rimes! —Llamó Lisa.

Él enarcó una ceja cuando ambas se acercaron de aquel modo tan decidido. Aunque realmente Spencer portaba cara de circunstancias.

¿Qué ocurre?

¿Qué piensas de Spencer? —Soltó repentinamente.

La pregunta sorprendió al chico. Y de ello se percataron tanto Lisa como Elena, sin olvidar a la propia Spencer.

Pues... —empezó a decir Bruce.

En aquel momento Spencer recordó aquel “me das asco” que le había dirigido Bruce pensando que ella no había sido consciente de ello.

Le doy asco —escupió ella.

Cuando Bruce quiso replicar, un suceso se lo impidió. Emma había tropezado con Turpin y había derramado toda la bebida que había comprado sobre ella.

¡Lo siento! —Se disculpó Miller. Spencer tenía toda la camiseta y parte del pantalón manchado—. Ven, acompáñame al servicio. Limpiaremos el estropicio.

Turpin siguió a Miller hacia el aseo y no pudo evitar quedar con la boca abierta. Era un baño enorme, muy cuidado, limpio y nuevo. Estaba alucinando. Además, no había nadie en su interior, y eso es algo que llamó también su atención.

Este es el servicio privado. Sólo lo pueden usar la familia Rimes y los amigos de ésta —explicó Emma.

Aquel comentario despertó el interés de Spencer. Desconocía que Miller y Rimes mantuvieran una relación de amistad.

Oh, vaya. Con esta luz se aprecia mejor —comentó Emma—. Estás más ensuciada de lo que creí.

No pasa nada, lo limpiaré con agua —calmó.

Te dejaré yo algo de ropa —ofreció Miller velozmente—. Siempre tengo recambio en mi vehículo.

No es necesario. De verdad. No te preocupes...

Insisto, mujer —perseveró—. Ve quitándote esa camiseta. No tardaré en volver pero puedes entrar a uno de los baños individuales si no quieres que nadie que entre aquí te vea, aunque dudo que entre nadie.

Spencer asintió sin convicción y entró a uno se los retretes, cerró la puerta y comenzó a desvestirse. Se sentía como una ameba. Estaba siendo el peor sábado de su vida. Y por si fuera poco, había dejado a Elena y a Lisa a solas con Rimes.



Una firme mano sujetó el brazo de Emma cuando estaba andando por la discoteca. Se trataba de Matt.

Disculpa... —dijo él—. Soy Matt, el amigo de Spencer —se introdujo—. ¿Sabes dónde está?

La mirada de Emma se iluminó al ver a aquel chico. Alto, guapo... Una sonrisa maliciosa, propia de Rimes, se reflejó en ella. Una idea había atravesado su mente como una estrella fugaz. Era el momento de actuar. Transformó su cara en preocupación.

Eres tú... —anunció—. Está en el baño, no sé que le sucede pero está muy rara. Me pidió que te llamara.

Matt se sorprendió.

¿A mí? —Dudó.

Sí. Está en el servicio del fondo. Es privado. Si alguien te pregunta di que eres amigo de Emma Miller o de Bruce Rimes —informó.

El chico seguía sin estar convencido con aquello pero, finalmente, hizo caso, y fue hacia el servicio a ver que sucedía.

Emma vio como marchó y en cuanto pudo fue a un rincón apartado de la multitud y donde la música no incordiaba mucho. Sacó el teléfono móvil y llamó a dos personas.



Spencer se encontraba en ropa interior en uno de los baños. Estaba deseando que Miller regresara. Aquella situación la estaba matando. El sonido de la puerta del servicio la sacó de su suplicio. Al fin había llegado. Abrió la puerta del baño imprudentemente y se encontró con la persona que menos esperaba.

¡Matt! —Profirió con sorpresa.

Me ha dicho Miller que me estabas buscando—justificó su presencia en el lugar.

Yo no...

¿Por qué estás semidesnuda? —Interrogó él mirándola fijamente.

Lo único que pudo sentir Spencer en aquellos instantes fue un intenso deseo de desaparecer del planeta Tierra.

Necesitaba cambiarme. Me he manchado la ropa —aclaró. Aquella situación podría malinterpretarse con facilidad—. Pu-puedes irte.

Él se acercó a ella.

Oye, Spencer... Estás muy rara.

¿Yo? ¡No! —Comenzaba a ponerse nerviosa. A alterarse. Estaba confundida. No entendía que sucedía. No tenía la más remota idea de lo que le sucedía desde que conoció a Rimes.

¿Es por ese chico? —Interpeló.

¿Qué? —Articuló ella con dificultad.

Vi como le mirabas. Estabas absorta —alegó—. Jamás había visto esa mirada en ti.

¿Qué estás diciendo? —Preguntó con la voz entrecortada—. No tienes ni idea... Él me odia.

La cara de Spencer comenzaba a transformarse en sufrimiento. Al pensar en Rimes, su corazón se estremeció. Después de todo, después de como la ha tratado, de como la ha humillado, no ha podido evitar sentir como se estaba enamorando lentamente de él. No quería reconocerlo. Pero aquella situación la estaba acuchillando. Sólo faltaba que todos sus amigos la interrogasen con ello. No podía ser peor.

Matt apreció como le estaba afectando a Spencer sus palabras y se arrepintió de haberle dicho aquello súbitamente.

Eh... Tranquila... No te pongas nerviosa, tonta... —sosegó posando una mano sobre la cabeza de ella, como si se tratara de un perrito.

Matt yo... Soy una estúpida —lamentó.

Su amigo la abrazó con la intención de ofrecerle consuelo, y frotaba su espalda mientras le dedicaba palabras de aliento.

Escucha, Matt —nombró—. Esta circunstancia es un poco errónea para quien nos vea.

Él sonrió.

Sí. Me voy. Te dejo vestirte tranquila —dijo él.



Al poco tiempo de volver a estar sola, alguien entró al aseo. Era Miller.

Ten —extendió una bolsa con ropa—. He encontrado una camisa blanca y unas mallas negras. Pruébatelo.

Muchas gracias —dijo Spencer.

Se sintió muy extraña con la ropa de Emma puesta. Un sentimiento como diferente. Apostaba todo a que la ropa que llevaba valía más que su casa.

La noche pasó sin ningún tipo de molestia más. Bruce había desaparecido y Parker se había despedido de ella y de Dalia. Su amiga no parecía muy desanimada. Estaba convencida de que en el fondo ella y Thomas eran auténticos amigos.



En un callejón cerca del Black Bird, la sombra de tres chicas se proyectaba en la pared.

Tomad chicas —dijo una chica de ojos negros, a juego con su corto cabello, mientras realizaba una acción con su móvil.

Uaaah... Estas fotos valen oro... Será un escándalo —afirmó otra.

Ya sabéis lo que tenéis que hacer —comentó la morena.


No es necesario decirlo, Miller —respondió la tercera—. Estoy deseando que llegue el lunes.