miércoles, 2 de enero de 2013

Capítulo 01 - Richroses.

Simple. Esa era la mejor palabra que, según la propia Spencer, le definía. Cuanto más tiempo transcurría ante el espejo, más lo pensaba. Sus ojos marrón chocolate y su melena oscura no contribuían a que cambiase de opinión.

Aquella mañana vestía un elegante uniforme azul marino. De chaqueta y falda. Sus pies lucían unos zapatos de cuero —los más baratos del mercado—, acompañados de unas calcetas blancas. No localizaba palabras, ni lo suficientemente buenas, ni convincentes, para justificar lo que odiaba aquel atuendo. Se sentía aprisionada.

Sin embargo, estaba obligada a fingir una sonrisa.

¡Estás maravillosa! —exclamaba rebosante de felicidad su madre.

En una hora comenzaba las clases en el famoso Instituto Richroses, el más caro de Londres. Sus padres estaban eufóricos de ver a su hija vestida con el uniforme de una escuela de prestigio. El precio de la matrícula de aquel centro privado era inalcanzable para la gente de clase media, como era el caso de la familia Turpin. No obstante, Spencer fue admitida gracias a la beca que adquirió. Y todo lo debe a las brillantes calificaciones que obtuvo en su anterior centro.

Desde que era niña, ha tratado de complacer los codiciosos deseos de sus padres. No estudiaba por placer, más bien lo detestaba. Para ella no existía en el mundo actividad más soporífera. Pero no podía oponerse a sus padres. Al igual que no pudo rechazar la plaza en Richroses.

Vete ya, o perderás el autobús —dijo su padre mirando el reloj.

Sí.

¡Espera! —retuvo su madre—. ¿Piensas ir así?

Spencer frunció el ceño, ¿cómo que así? Buscó algún tizne en aquel impecable traje, pero no había rastro.

¿Qué pasa? —preguntó sin borrar aquella expresión dubitativa.

Pues que no te has recogido el pelo —indicó—. Ven, cielo. Te voy a peinar.

En pocos segundos, su madre, Barbara, le hizo una coleta alta, la cual quiso adornar con un lazo blanco, pero Spencer lo impidió. Su flequillo ligeramente cortado hacía un lado le favorecía junto a aquel recogido de melena. Al igual que no le gustaba estudiar, tampoco sentía mucho afán por llevar el cabello arreglado; le bastaba con cepillárselo y llevarlo suelto. Libre.

Se puso en pie y, tras despedirse de las miradas entusiastas de Barbara y Richard, partió a las clases.

No existía un autobús escolar para Richroses, algo que la sorprendió cuando supo de ello. En su anterior instituto, había cientos de autobuses y los alumnos siempre tenían que arremeter los unos con los otros para adquirir asiento. Por tanto, para llegar a aquel centro privado, tenía que subir en el autobús local —ya que su destino era próximo a él.

Al bajar del transporte, tuvo que caminar dos calles. Llevaba colgada su cartera. Su madre la quería cambiar por uno de esos maletines que acostumbraban a llevar los empresarios, lo cual no lo consintió. Le gustaba su cartera. La utilizaba desde hacía tres años y era lo que le recordaba a la escuela pública.

Cuando dobló la esquina y vio su destino de cerca, sus pies no la obedecían. Era uno de los edificios más grandes que había visto jamás. Verlo en persona era abrumador, nada que ver con la impresión que le causó en las fotografías. La reja de la entrada parecía proteger una suntuosa mansión —aunque no dudaba de los lujos del centro— y recordaba ligeramente a la época del romanticismo. Parecía un ostentoso pequeño palacio.

En la entrada al recinto se aglomeraban montones de coches. Todos ellos eran de grandes marcas. Pudo ver Lamborghinis, Bugattis, Rolls-Royces... ¡incluso divisó una limusina! Aquello era otro mundo. El mundo de la élite.

Después de meditarlo durante un tiempo, puso sus pies en marcha. A cada paso que daba, podía apreciar como todo su cuerpo se tensaba. Las chicas lucían sus faldas en corto, mucho más de lo normal. Spencer se sintió estúpida al comprobar con cierto horror como ella era la única que vestía la falda hasta las rodillas.

Al ser nueva en aquel desconocido lugar, tuvo que perder el tiempo buscando donde estaba la conserjería y, así, poder documentarse del paradero de su aula. Fue una pesadilla. El instituto estaba formado por dos edificios unidos por varios puentes. Uno era donde se impartía las clases deportivas y algunas optativas, y el otro donde estaban las aulas. Estuvo más de cinco minutos dando vueltas faltas de orientación. Apenas quedaba tiempo para que la sirena sonara y seguiría allí perdida.

En el segundo piso, a lo largo del pasillo, apreció una alta figura, apoyada en el marco de uno de los ventanales. En menos de media hora pudo observar a diferentes personas, chicos y chicas, que destilaban elegancia y finura por todos sus poros. Pero aquella efigie, que se agrandaba cuanto más cerca estaba ella, era diferente. Era sumamente elegante y, además, poseía un estilo único. En aquel preciso instante, solo se encontraban él y ella en el pasadizo.

Disculpa... —dijo Spencer con timidez y recelo—. ¿Serías tan amable de decirme donde está el aula de primero de bachillerato... letra D?

El chico posó su mirada en la de ella y Spencer pudo sentir como todo su mundo se tambaleaba. Aquel rostro era lo más cautivador que había tenido el gusto de contemplar en sus dieciséis años de vida. Su pelo era rubio rojizo y varios mechones caían por su frente hasta rozar su vista. Su tez era blanca y delicada. Era como porcelana al lado de la corriente piel de ella. Lo que más atrajo la atención de la chica fueron sus ojos: dos orbes verde grisáceo, pálidos y apagados pero, a su vez, intensos y sensuales...

Está aquí mismo —respondió—. Al final del pasillo, a la izquierda.

¡Gracias! —exclamó alegre, a pesar de que le temblaba la voz.

Fue a clase, con la imagen de aquel chico en su cabeza sin saber su nombre. Al entrar al aula, estaba todo el mundo conversando. Tomó asiento en el primer pupitre que encontró desocupado. Ninguno de los estudiantes le dirigió la mirada. Sentada, en silencio, observaba su alrededor. Se fijó en que las chicas tenían una voz aguda que resultaba desquiciante. Cabelleras ahogadas en laca, joyas, Rolex, bolsos de Vuitton... Cada vez estaba más convencida de que no pintaba nada en aquel lugar. Ya había oído que allí acudían todos los niños ricos de Londres y cercanías, pero jamás creyó ser capaz de corroborarlo.

Al sonar la campana, todos acudieron a sus respectivos e, instantes después, apareció el maestro.

Hola. Para el que no lo sepa, mi nombre es Nelson Dent, y seré vuestro tutor y profesor de historia —se presentó—. Un nuevo curso comienza y debemos estar preparados para... —el tutor inició el clásico discurso que Spencer estaba harta de oír y, pensando en lo agotada y hastiada que estaba, desconectó por completo—. ...por esto, debemos decretar quienes somos, ¡porque vosotros lleváis en la sangre el futuro de Inglaterra! —concluyó con emoción—. Y ahora, paso a comunicaros que tenemos una nueva alumna en el centro, y no me refiero a los de primero de secundaria —rio él solo ante lo que se suponía que era una gracia—; está en esta clase. Es una estudiante becada, su nombre es Spencer Turpin. Por favor, Turpin, póngase en pie y preséntese.

La petición del maestro fue como una bomba de ácido. ¿Presentarse? ¿Qué debía decir exactamente? ¿Su nombre? ¿Edad? ¿Que había estado en aquel centro media hora y ya tenía ganas de huir bien lejos? No. No era buena a la hora de entablar amistad y mucho menos cuando se trataba de hablar sobre sí misma, por poco que sea, delante de un puñado de desconocidos que, al saber que era becada, dibujaron una expresión de rechazo en su rostro.

Yo... Soy Spencer Turpin... —se introdujo indecisa—. Tengo dieciséis años... Me gusta leer y... —no pudo terminar la frase porque fue interrumpida por el sonido de la puerta siendo abierta con violencia.

Todos posaron su atención en el chico desaliñado que había entrado. Su pelo azabache estaba completamente despeinado y solo bostezaba y se rascaba la nuca. Caminó sin pronunciar palabra hasta el asiento y, sin decir nada, se puso a dormir.

Bien, Spencer. Es suficiente —ordenó el profesor.

Las clases transcurrieron, por fortuna, rápidamente. Sin embargo, pudo escuchar algún "simplona" y "pobre" dirigidos a ella. Descubrió que el moreno callado se llamaba Thomas Parker. Y entre todos sus compañeros, él fue el único que le dio buenas vibraciones.

Pronto llegó la hora del almuerzo y no sabía donde meterse. Miró a su al rededor y encontró a otra persona captora de su interés. Era una chica con el cabello extremadamente corto, como un chico, y pasaba el tiempo mirando a través de la ventana. Se puso en pie con la intención de ser capaz de hablar con ella, pero otra chica la retuvo.

¡Hola, Turpin! —saludó animada—. Soy Dalia Megure.

Megure tenía la piel blanca, muchos más que aquel chico que se encontró antes de entrar a clase. Su pelo era muy largo y le caía en ondas rubias hasta la cintura. Sus ojos eran grandes y redondos y de un color miel muy especial.

Hola... —dijo con desconfianza.

¿Quieres que almorcemos juntas? —propuso—. Podemos sentarnos en el césped.

Al ponerse en pie y estar más cerca de ella, pudo apreciar que era un poco más baja que Spencer y no llevaba maquillaje. Era muy femenina y sus temas de conversación iban más allá de esmaltes y vestidos.

¿No compras en la cantina? —preguntó Dalia.

Ah... no.

El Richroses contaba con comedor y cantina, pero ella se había llevado una fiambrera con pastelitos de su casa. Le encantaba cocinar dulces. Traía magdalenas y bizcochos de chocolate.

¡Oh! ¿Qué es eso?

¿Esto? Bizcochos y magdalenas... los he hecho yo —explicó entrañada ante la pregunta —. ¿Quieres probar alguno?

Dalia dudó, pero finalmente agarró un trocito de bizcocho y se lo llevó a la boca.

Está bueno.

Gracias, lo he hecho yo —dijo sonriente.

¿Tú? ¿No te cocina el chef?

¿Chef? Spencer no sabía que responder. Por supuesto que no le cocinaba el chef. No tenía ninguno. Ni sirvienta, ama de llaves o mayordomo. Jamás los tendría. Además, siempre ha pensado que puede hacerse cargo de sus cosas, es más, se sentía inútil si alguien las hacía por ella.

Antes de responder, un estudiante pasó corriendo cerca de ellas. Estaba agitado y nervioso. Se dirigió a un grupo de alumnos que estaban almorzando. Ambas pudieron escuchar lo que decían.

Él chico preguntó si alguien tenía un dulce, el cual no entendió del todo el nombre. Lo que sí entendió fue un “Rimes se ha quedado sin”.

En seguida todos buscaron entre sus cosas. Y cedieron los alimentos que habían comprado para dárselos a aquel chico que, en cuanto los obtuvo, desapareció a trote.

¿Quién es Rimes? —quiso saber Spencer.

Bruce Rimes. Es el multimillonario más poderoso de Londres, y de toda Inglaterra —explicó Dalia—. Su familia dona ingentes cantidades de dinero cada año al instituto. Por su riqueza, todo el mundo quiere ser su amigo, las chicas buscan cazarlo... Es como el rey de Richroses.

Entiendo... —murmuró—. Debe de ser duro que solo te quieran por tu nombre.

No, Turpin...

Llámame Spencer.

Pues Spencer... No debes sentir pena por Rimes nunca —prosiguió—. En este sitio la gente es retorcida. Es egoísta. Pero él es el líder. El jefe. Todos se reducen a piezas en su caprichoso juego. Lleva cuidado con él.

Aquellas palabras la conmocionaron. Dalia estaba describiendo a una especie de monstruo.

Yo... no sabría distinguirlo si lo viese en persona —comentó.

Es guapo. Y tiene nuestra edad —describió.

Ya veo.

Las clases continuaron y antes de darse cuenta, llegó la hora de comer. Dalia y ella bajaron al comedor, que era una gran estancia de paredes plateadas. Las mesas del lugar eran redondas y de diseño, al igual que las sillas. Había un mostrador de cristal con comida y divisó varios cocineros. Parecían sacados de los programas de cocina que tanto veía su madre.

Su estómago suplicaba por algo de comida. Se aproximó al mostrador para ver que podía escoger pero el cielo cayó sobre ella al ver los precios. Aquellos desorbitados precios... Todo era suculento y apetitoso, pero no lo normal para servirse en un centro educativo: tostadas con caviar, gambones al vapor, foie, entrecots bañados en diversas salsas...

Ella misma se veía como una alienígena que había caído accidentalmente en un planeta desconocido.

Dalia comenzó a servirse desde que atravesaron la puerta. Al percatarse de que su compañera no estaba cogiendo nada, preguntó:

¿No comes?

Se me ha olvidado el dinero —se excusó—. Por suerte no tengo mucha hambre.

Yo te invito —declaró sonriente.

Spencer se sentía violenta. Era perfectamente consciente de que los ingresos de la familia Megure eran el séxtuple o más que los de la suya. Aun así, seleccionó lo platos más baratos.

Nunca imaginó que conocería tan temprano a Rimes. En aquellos momentos, ella estaba sentada de espaldas a la puerta principal cuando oyó el estruendo de una silla siendo lanzada contra el suelo.

¿Qué crees que haces? Estás en medio y no puedo pasar —era una voz retorcida—. La gente entra y sale por aquí. Estorbas.

¡Oh, no! Es Rimes —dijo Dalia con pavor—. Le acaba de dar un rodillazo en la boca del estómago... —comentaba los sucesos—. Ya se va... Menos mal, por suerte no le ha hecho nada.

Turpin no tenía el valor para girarse, por lo que su cara seguía siendo un misterio para ella.

No deberías alegrarte. Lo que ha hecho está mal —aleccionó—. Una persona cuyo disfrute es apalizar al resto dice poco a su favor.

En realidad no abusa físicamente de la gente, más bien es psicológico —aclaró Dalia.

Spencer asintió en silencio. No llegó a ver al chico, pero en su mente era un ser horrible.

Finalmente, las clases concluyeron. Dalia y Spencer se despidieron a la salida. La primera entró en un bonito coche blanco y la segunda puso rumbo a la parada de autobús. Apenas caminó media calle cuando una voz la sorprendió.

¡Eh! —ella se giró y pudo admirar al chico pelirrojo de hacía varias horas—. Hola, ¿encontraste el aula?

La chica estaba estupefacta. ¿Se estaba dirigiendo a ella? Miró fugazmente a su alrededor. Sí, se estaba dirigiendo a ella.

Hola... sí... —respondió con voz temblorosa. —Soy Spencer Turpin.

Encantado. ¿A dónde vas? —preguntó amablemente, mientras caminaban—. ¿De compras?

Pues... —Spencer no estaba segura de que debía contestarle. Los de su clase descubrieron que no formaba parte de la élite y le hicieron el vacío, ¿cambiaría él su trato con ella al descubrirlo? Aún algo vacilante, respondió—. Iba a coger el bus para ir a casa.

Su compañía frunció el ceño en claro desconcierto.

¿Le ha pasado algo a tu chófer?

Ella cerró los ojos y respiró profundamente. Aquella situación comenzaba a desquiciarla. Desde que comenzó la mañana, sólo había oído hablar de chefs, de chóferes, de marcas ostentosas y otras cosas banales y superficiales que no iban con ella.

No, no le ha pasado nada —contestó—. No tengo chófer.

Spencer no necesitó mirarle para saber que estaba obviamente sorprendido.

¿Y eso?

No tenemos dinero —declaró con orgullo.

¿Qué? Entonces, ¿cómo os habéis permitido el coste de matrícula y uniforme? ¿Y el precio del comedor?

Bueno, soy becada —certificó—. Todo, está aquí —señaló su cabeza. Cierto era que no le gustaba estudiar, pero si podía presumir de su capacidad para retener información y de su inteligencia, lo hacía—. Eso sí, no sé que haré a la hora de comer. Supongo que me llevaré yo la comida de casa.

Ya veo. Normalmente los estudiantes becados no son bien recibidos.

Sí, me he dado cuenta. Pero, ¿sabes? Me da igual. Quien me preocupa es ese tal Bruce Rimes —comentó—. No le conozco personalmente, pero al parecer es un déspota. Odio a la gente como él. Me parecen horribles.

El chico frenó en seco y ella hizo lo mismo. Entonces él sonrió y a Spencer se le antojó que era una sonrisa perversa y maquiavélica. Misteriosa. Pero también hermosa.

Es más que un déspota, Turpin. Consigue todo lo que quiere con un mero chasquido de sus dedos —comenzó a decir mientras se acercaba lentamente a ella—. No le importa nadie. Solo piensa en él —antes de darse cuenta, sus rostros estaban a escasos centímetros—. No te conviene hablar así, puedes meterte en serios problemas —sus ojos verdes grisáceos se clavaban en los de ella como dos punzones.

Bu-bueno... —balbució—. Tú no dirás nada... ¿verdad?

¿Yo? No será necesario —comunicó—. Puede que ya esté enterado.

Pero si aquí solo estamos tú y yo...

Cierto, solo estamos tú y yo —se separó de ella hasta estar a una distancia prudente—. Pero dime, ¿has visto la cara de Bruce Rimes acaso? —interrogó, sin borrar aquella sonrisa.

N-no... —negó torpemente. Entonces una idea atravesó su cabeza como una estrella fugaz. Sus piernas comenzaron a temblar mientras pensaba en ello. No podía ser—. Tú...

No deberías hablarle a un desconocido tan abiertamente... sobre otra persona —aconsejó con sorna—. En especial si no conoces el rostro de ésta.

Yo...

Antes de que pudiese parpadear, la expresión del chico cambió completamente. Su mirada reflejaba puro odio. Con rapidez, sostuvo la barbilla de la chica entre sus dedos, dirigiéndola hacía su imagen. Ella sentía como hacía más presión con sus extremos en su cara y profirió un gemido ahogado, enteramente involuntario.

Sí, soy Bruce Rimes —declaró—. Y te diré una cosa de Bruce Rimes que quizá ya sepas: odia a la gente becada. ¿Y sabes por qué? —Spencer negó con la cabeza. Estaba asustada. La gente pasaba al lado de ellos y no hacían nada—. Porque este sitio no es para vosotros, ¿entiendes? Son lujos que jamás podréis permitiros. Fue creada para abrir los ojos de la sociedad. No somos todos iguales y, por tanto, no debemos mezclarnos. Y aun así, las estúpidas becas mancillando ese perfecto mensaje.

Yo... Lo siento. No sabía quien eras —trató de arreglar inútilmente.

Más lo siento yo, pero no voy a cambiar de parecer contigo.

Liberó la cara de la chica y ésta se la acarició sin apartar la vista de Rimes. Él le sonrió.

Enhorabuena, Turpin. Acabas de reservar una plaza en el infierno.

4 comentarios:

  1. Por fin, después de tanto tiempo, he podido comenzar a Leer ésta historia. El primer capítulo me ha encantado. Se palpa que no eres Amateur.

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    1. ¡Gracias! Espero que te gusten los siguientes :3

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    2. No se dan, cielo. Y sí, me encantaron, y espero el octavo capítulo con ansias.

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    3. Dios, se puede decir que ya soy una adicta *-*
      (Las recomendaciones de mi prima siempre son las mejores aww)
      Me encanta de verdad *-*

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