sábado, 5 de enero de 2013

Capítulo 02 - Una copa de vino.


Al entrar a casa, pasó de largo por la puerta del salón, donde sus padres estaban viendo la televisión.

Cielo, ¿qué tal el primer día? —preguntaron casi al unísono.

Spencer no respondió. Se limitó a ladear la cabeza en señal de desaprobación. Si tanto querían esa escuela, que fuesen ellos. Aquel lugar era terrible. Subió las escaleras corriendo y cerró la habitación de un portazo. Dejó caer todo su peso en la cama y sintió como una lágrima se deslizaba por su pómulo derecho. Estaba asustada.

No supo cuanto tiempo pasó. Permaneció mirando al techo con la mirada perdida. No quería hacer nada. Sabía que su pesadilla aún no había comenzado.

¡Toc, toc! Alguien estaba al otro lado de la puerta, llamando. No respondió. Sentía como si se hubiera quedado sin voz. Sin aguardar su permiso, su hermano entró.

Benjamin...

La cena ya está.

No tengo hambre.

Pen, ¿qué ha pasado? —quiso saber mientras se sentaba en un lado de la cama.

Ella se irguió hasta estar a su altura.

Que no quiero ir a ese estúpido instituto —dijo con la voz trémula.

Él acarició su cabeza como si estuviera con una mascota.

Venga, anímate. Papá y mamá están orgullosos de ti. Lo sabes, ¿no? —alentó.

Spencer descansó su cabeza en el hombro de su hermano.

Lo sé. Creí que no sería tan terrible, pero al parecer será peor de lo que imaginaba —expresó—. Ojalá me pareciese a ti, Ben.

Bejamin era un año menor que ella. Tenía el pelo castaño y los ojos color caramelo. Su cara ovalada era completamente simétrica, dejando entrever unos rasgos muy sutiles. Spencer siempre ha sentido que para ser hermanos eran muy diferentes.

¿A mí? ¿Por qué? —preguntó algo conmovido.

Porque eres guapo —comenzó—. Y eres extrovertido, alegre, simpático, divertido... No te cuesta decir lo que piensas. Todo lo opuesto a mí.

Al oír esto, rio cariñosamente.

Que tontería —comentó y ella le dirigió una mirada de soslayo—. ¿Pues sabes qué? Yo siempre he querido ser como tú: Pasar de los comentarios de las personas, poder recordar las cosas con facilidad, mantener siempre la frialdad en los momentos de tensión... y sobretodo, tener esa experiencia que tienes tú a la hora de discutir con la gente.

¿Tú crees? —dijo mientras se separaba de él.

Claro —afirmó—. Y te diré una cosa más: eres guapa. No sé porque siempre te empeñas en negar lo evidente.

Spencer dibujó una sonrisa en su rostro.

Y ahora vamos a cenar. Me muero de hambre —dijo Benjamin.

La cena transcurrió tranquilamente. Barbara y Richard estaban más callados de lo normal y Spencer y Benjamin se lanzaban miradas cómplices. Tras varios minutos de silencio incómodo, su padre decidió preguntar:

¿Has hecho amigos, tesoro? ese tono tan acaramelado que empleaban siempre sus padres le ponía algo frenética.

Bueno... He conocido a una chica bastante simpática —respondió escasa de ánimos—. Se llama Dalia Megure y está en mi clase.

¡Ves que bien! —Exclamó su madre dando una palmada con una sonrisa que a Spencer se le antojó de plástico—. Seguro que mañana harás el doble de amistades.

La chica rio sarcásticamente y de su boca escapó lo que pensaba de hacer amigos.

No creo, porque me odian al ser becada —dijo con retintín. Algo impropio de ella.

Su madre borró la sonrisa del rostro al instante para transformarla en puro espanto. Benjamin dirigió su mirada hacía otro lado para que no vieran su risa. Su padre carraspeó con la intención de decir algo, pero Spencer no estaba de humor para soportar los ridículos comentarios optimistas de sus padres.

Ya estoy llena —sentenció mientras se ponía en pie y recogía su plato—. Me voy a dormir, estoy cansada —cuando puso su camino en dirección a la cocina para depositar su vajilla, recordó:— ¡Ah! Se me olvidaba, los precios en el comedor son desorbitados, así que tendré que llevarme la comida de casa.

Tras haberse liberado de su detestable uniforme, cubrió su cuerpo con una camiseta ancha y soltó su larga melena. A continuación se introdujo en la cama. Su conversación con Ben había logrado animarla. No sabía qué pasaría exactamente. Pero trataría de no deprimirse.

Aun así, mientras daba vueltas sobre el colchón, a su mente acudieron aquellos fríos ojos... Extraños... Únicos. Aún estaba nerviosa por saber que pasaría. Pensando en ello, se relajó hasta caer dormida.



Cuando puso los pies dentro de Richroses por segunda vez, no se lo creía. Caminaba temblando, expectante. Al entrar al aula, todas las miradas se posaron en ella. Parecía que había entrado el mismísimo presidente. Como las clases no habían comenzado todavía, algunos se encontraban en pie o en pequeños grupos.

Spencer encontró a Dalia ya en clase, pero ésta esquivó su mirada con miedo. Pronto pudo inferir lo que acontecía: Rimes había movido ficha. Tomó asiento en su pupitre, el cual encontró afectado. Sus compañeros habían tenido la molestia de llenárselo de dedicatorias repletas de afecto. Pudo leer algún "idiota", "muérete", "pobre" o "fea" —sin contar los que le parecían excesivos incluso a ella, una chica 'vulgar' de clase media—.

Trató de borrar aquellos garabatos, pero no pudo.

«Seguro que esos estúpidos niños de papá tienen rotuladores por valor de un millón de libras. Imposibles de borrar» —pensó con tirria.

No tardó en dejar de intentarlo. Es más, no vio por qué debía hacerlo.

En cuanto el profesor entró, se sumió en el mundo de la lógica y las matemáticas. Pero el propio maestro, lo interrumpió.

Turpin, ¿se puede saber que es esa mesa? Limpie ese desastre.

Ella apretó los puños, ¿cómo se atrevía? Su respuesta iba a ser un claro "Ahora mismo, profesor" pero pronto recordó las palabras de Benjamin y de como ella misma decidió plantarle cara a la vida la noche anterior.

Disculpe mi insolencia, profesor, pero creo que las personas responsables deben ser las que lo limpien —desafió con algo de miedo.

Sentía como caía un sudor frío alrededor de su mejilla y que su cuerpo temblaba. Percibía los susurros del resto de alumnos a sus espaldas. El profesor se ajustó las gafas y suspiró. Cuando fue a abrir la boca para hablar, la puerta de clase fue abierta.

Ahí estaba otra vez, el chico callado de la clase. Tan despeinado y descuidado como el día anterior. Sin dirigirle la palabra a nadie, se dirigió a su respectivo lugar. El maestro decidió llamarle la atención.

Señor Parker, debería ponerse el despertador antes —recalcó.

Thomas le miró con enojo y acto seguido, se puso a dormir.

Mientras transcurría la hora, la gente aprovechaba cada distracción del profesor para lanzarle bolas de papel a Spencer, que cada vez estaba más incómoda. Y así transcurrieron varias clases. En el momento en que se giró para dedicarle una mirada enfurecida a los responsables de su afligida mañana, fue sorprendida por un misil en dirección a ella. En un acto reflejo, lo esquivó, suscitando que golpeara a Thomas Parker.

Todo el mundo lo observaba con cautela. Algunas personas estaban expectantes; incluida la propia Spencer. Estaba segura que pasaría una semana, o dos, o tres, o incluso meses, y nunca escucharía su voz.

Con modorra, Thomas recogió el lápiz que habían lanzado del suelo. Con la misma expresividad que una piedra, lo arrojó con furia hasta la pizarra. El impacto fue sólido y el objeto se partió por la mitad. La profesora de lengua inglesa lo cogió con sorpresa y lo tiró a la papelera. Pero no dijo nada. Parker, por su parte, volvió a cerrar los ojos.

Spencer, poco a poco, iba comprendiendo la actitud de sus maestros: Tenían miedo de sus propios pupilos. Podían jugarse el trabajo si los enfadaban. Los profesores no tenían autoridad. Los estudiantes mandaban. El dinero mandaba.

La hora de la almuerzo la pasó sola. Se sentó en la zona verde tal y como hizo el día anterior, aunque pronto quiso desaparecer al comprobar como ese sentimiento de repulsión hacia su persona ya lo disponía todo Richroses.

Al entrar nuevamente a clase, su pupitre ya no estaba. ¡Genial! ¿Y ahora qué? ¿De dónde sacaba ella un pupitre? La campana sonó, y el aula no tardó en disponer la presencia del maestro. Pero ella seguía sin asiento.

Mírala, va a echarse a llorar... —murmuró una voz de su alrededor, seguida de una risa impertinente.

Aquel comentario fue el 'click' que puso de nuevo su capacidad de raciocinio en marcha. Podía ir a la sala de profesores y pedir un pupitre. Y eso haría. Así de simple. Con educación, se acercó a la persona que estaba impartiendo clases aquella hora para solicitar su permiso y abandonar el aula.

Salir de aquella estancia fue fácil, lo complicado era que las personas del departamento cedieran para darle un pupitre.

Pero es que ha desaparecido —insistía, tratando de ser paciente.

Una mujer en traje y pelo rubio marchito fue la única que tuvo la decencia de prestar atención a su demanda. No paraba de ajustarse sus alargadas gafas para contemplar a la chica, y Spencer empezaba a sentir que no la estaba escuchando y tan solo pensaba en lo vulgar que era. Al parecer no era otra que la subdirectora. Una de las personas más estiradas del centro.

Oh, ¿quiere decir que a su mesa le han salido patas y ha huido, señorita Turpin? —preguntó realizando ese impertinente gesto con sus lentes.

Bueno, técnicamente patas ya tenía... —comentó Spencer, que rectificó fugazmente al ser consciente de la mirada de desaprobación de su superior—. Quiero decir, en sentido literal... Usted ya me entiende. El problema es que mis compañeros de clase y yo no hemos empezado con buen pie y creo que pretenden hacérmelo pasar mal este curso.

La expresión de Rita Lumstrong, que así se llamaba la mujer, cambió de inmediato.

Señorita Turpin, esa es una acusación muy fea. En vez de empeorar las cosas, trate de hacer amigos —aconsejó desinteresadamente. Y sin pronunciar nada más, regresó a sus asuntos.

Estaba claro que estaba sola en aquello. Los profesores eran la peor opción en la que confiar. Está bien. Si no la socorrían, tendría que luchar sola.

Cuando fue a abrir la puerta de clase, para entrar nuevamente en ésta, sintió como un dolor agónico se alojaba en su estómago, martirizándola en silencio. No podía entrar. Estaba nerviosa. Nerviosa por saber que se cernía sobre ella. No había visto a Rimes y en esos momentos pocas ganas tenía. ¿Cómo podía el valor que tenía instantes atrás desvanecerse tan rápido?

Tuvo la mano en el picaporte durante un prolongado momento. Temblaba como una pluma. Su mirada permanecía perdida, debatiéndose cual era la opción correcta. Entrar o no. Desconocía la respuesta. Y el desconcierto era algo que siempre temía.

Sin saber con exactitud como, pasó el tiempo hasta que llegó la hora de comer en el aseo de las chicas; en el baño del fondo. Sentada, sobre la taza del váter, abrazándose a sí misma mientras maldecía la buena hora en la que quiso regalarles sonrisas a sus padres a base de su esfuerzo y determinación.

No quería asistir al comedor, pero el hambre comenzaba a acuciarla. Por suerte, llevaba su cartera encima, con algunos de sus libros —los otros los olvidó en su aula— y la comida que trajo de su casa. Fue a abrir la fiambrera y a equipar su mano con un bonito tenedor de plástico, pero unas voces femeninas y pijas la detuvieron.

¿Dónde se habrá metido la pobretona?

Ni idea, pero al parecer Bruce la busca... —dijo mientras reía maliciosamente.

Spencer entreabrió cuidadosamente la puerta del servicio y pudo visualizarlas. Una tenía el pelo de un color pelirrojo, de bote, y la otra unas largas extensiones rubias. Ambas estaban acicalándose frente al espejo, con su maquillaje de altos precios.

Quiere que se presente en el restaurante —dató la rubia.

¿Restaurante? Sí, aquello parecía más un restaurante que el comedor de una escuela.

Sí, pero seguro que esa ya no vuelve. Es como una rata —las dos amigas rieron al unísono tras el ingenioso comentario.

Al oír aquello, Spencer abrió la puerta violentamente, provocando que se sobresaltaran. Se sentía con nuevas fuerzas. Estaba asustada por encontrarse con a quel chico pero, a su vez, quería verlo.

Pasó cerca de las estudiantes y unas ganas de importunarlas la invadieron.

¡Oh! —Exclamó mientras se miraba las manos—. Me he olvidado de lavarme, bueno, no importa, soy una vulgar —y con una sonrisa de estar disfrutándolo, fingió que se limpiaba en la chaqueta de una de ellas.

Las dos chicas se miraron perplejas cuando la becada hubo abandonado el aseo.



En una mesa del fondo estaba sentado Bruce Rimes, paciente. Esperando a la recién llegada Spencer Turpin. Al verla entrar, una sonrisa maquiavélica apareció en su perfecta cara.

Nadie apartaba la vista de Turpin, quién había aparecido decidida e iba directa al rey del instituto. Sentado en su trono. Solo faltaba su corona.

¿Se puede saber qué has hecho? —interrogó sin esperar en saber las razones por las cuales quería verla.

¿Yo? Nada.

¿Y por qué el trato de mis compañeros ha cambiado?

Bruce enarcó una ceja.

Bueno, ¿por qué ha aumentado su odio hacia mí? —corrigió ella.

Muy fácil, he dicho en voz alta que no te soportaba y todos han decidido compartir mis sentimientos. Se llama solidaridad —explicó con suficiencia.

No me voy a dejar pisar por ti —declaró.

¡Vaya! Interesante... Ven, toma asiento, ¿no te apetece comer conmigo hoy? —dijo extendiendo la mano en dirección al hueco de enfrente.

Ella miró a su alrededor. Todo el mundo permanecía mirándola, como si fuese un gran espectáculo. Pero notó algo extraño. Algunas personas parecían en guardia. Atentas a cada uno de sus movimientos, preparadas para atacar.

«¿Qué es esto?» —pensó—. «¿Acaso son sus guardaespaldas o qué?»

Se sentó frente al pelirrojo algo tensa. Aquella mañana era delirante. No dejaba de sentir como sus fuerzas iban y venían como turistas. Era su segundo día y ya se veía necesitada de ayuda psicológica. Su modo de ánimo cambiaba radicalmente cada dos por tres. Solo esperaba no seguir así durante todo el curso porque acabaría en un manicomio.

Rimes miró lo que parecía una carta. La carta de platos del restaurante. Spencer no reparó en aquello el día anterior, pero era algo irritante. Esos chicos de la élite gozaban de lujos donde quiera que estuviesen.

¿Qué te apetece comer? ¿O no tienes dinero? —se burló.

No necesito comer lo mismo que gente sin personalidad como vosotros —replicó—. ¿Tenéis una carta? ¿Y el camarero?

En realidad sólo yo dispongo de carta. El resto de estudiantes se adaptan a lo que el mostrador les ofrece. Y sobre el camarero... —miró a su alrededor— cualquiera de estos inútiles matarían por servirme.

No podía creer lo que oía, estaba atónita. Todo lo que decía lo hacía en voz alta, sin importarle que le oyese el resto de la gente.

Era cierto que tú eras el peor de todos —comentó mientras sacaba su fiambrera del bolso y le dedicaba una mirada de repulsión.

Bueno, al menos yo tengo dinero para comprar la comida —habló risueño.

Que no me sobre el dinero no significa que viva debajo de un puente —dijo a la vez que notaba como le hervía la sangre, ¿por quién la habían tomado?

Pero es que todo de ti es tan pobre... No solo tus baratos zapatos, también tu físico... —aclaró mientras la miraba de arriba a abajo con desdén—. Tienes un pelo tan descuidado, ese recogido es muy cutre... resalta la simpleza de tu cara.

Ella sentía como se mareaba a cada palabra que decía. No podía apartar la vista de esos ojos penetrantes. Él seguía hablando, su mente estaba en otra parte. Aquellas palabras, le afectaban de un modo extraño.

Un alumno de un curso menor trajo lo que parecía vino, y Spencer observaba incrédula como lo servía en una copa.

¿E-Eso es vino? —su cara de sorpresa era una evidencia.

Sí. Me sorprende que sepas lo que es... —se burló él—. En fin, la gente de tu calaña no puede permitirse averiguar su sabor...

Spencer no pudo ver su cara en aquellos instantes, pero estaba segura de que era ridícula, ¿qué sería lo próximo? ¿Champán?

Tras agitar la copa un largo instante, le dio un sorbo y la devolvió a la mesa a la vez que su mirada burlona se pavoneaba de ella. Spencer permanecía con los puños bajo la mesa, apretándolos con fuerza.

¿Cuándo vas a dejar el instituto? —interpeló de golpe.

¿Qué?

No creo que dures mucho más aquí... Además, esto solo acaba de empezar. Ya te dije que esto sería un infierno para ti.

Y tú eres el diablo... —susurró sin que él fuera capaz de oírla... Desde que terminó la hora del almuerzo se sentía débil emocionalmente, pero desde que se sentó allí estaba aun peor. Trataba de interpretar el papel de chica a la que no le importaba nada en vano. Cada vez estaba más inquieta y sentía como se sofocaba—. ¿Por qué yo?

Bruce delineó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Creo que ya te lo dejé claro: porque eres becada. Si te soy sincero, quizá si hubieses sido algo guapa las cosas fuesen diferentes, pero eres fea.

Los ojos de Spencer se humedecían y trataba de hacer lo posible para que la persona frente a ella no lo apreciara, porque sería una nueva satisfacción para él. “Eres patética” fue lo último que dijo antes de que la chica le rociara de vino toda su armónica cara.

Un silencio sepulcral inundó toda la sala.

Sin mediar palabra, Turpin abandonó la estancia dejando a todos los habitantes estupefactos. No volvió a las clases de después.

Aquella noche fingiría que todo había salido decentemente. Como era de esperar, no le hablaría a sus padres de su problema en la escuela, pero tampoco se lo mencionaría a Benjamin. No quería preocuparlo. Si ocurría algo de debida importancia, lo diría.

Un chico bañado en vino observaba patidifuso a una chica con la falda hasta las rodillas y una coleta que daba tumbos al compás de sus pasos alejarse. Tardó en reaccionar y asimilar lo que acababa de ocurrir. Aquella insoportable pobretona se había atrevido a desafiarle. Dio un golpe a la mesa con rabia y, tirando la silla, se puso en pie. La gente era testigo del panorama con miedo.

¡¿Qué miráis? —preguntó a gritos, cegado por una furia incontrolable.

Todo el mundo abandonó el lugar antes de que Rimes desatara su ira con ellos.

Spencer Turpin había despertado todo su mal interior.
  

14 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho tu historia, espero con muchísimas ganas que subas un capítulo más.

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    1. Una alegría para mí leer esto, ya lo sabes. Tengo hasta seis capítulos escritos, y sigo en ello. Nos vemos en el próximo <3

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  2. Hola!
    Me encanta tu historia, ¿Cuando vas a subir mas? ¡Necesito saber que es lo que pasa! En serio, me encanta tu forma de escribir, y estoy deseando ver si pasa algo con el chico que entra tarde a clase y duermo (no me acuerdo nunca bien de los nombres)
    ¿Cada cuanto subes?

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    1. Hola! Estoy contentísima de que te guste, que ánimos da leer estas cosas. Tengo planeado subirla el viernes 18, pero si lo veo necesario la adelantaré al lunes o domingo. Quiero subir cada 14 días y el chico que duerme como dices tú empieza a cobrar más importancia por el capítulo 05.

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  3. Por favor, sube el siguiente pronto que me encanta tu historia :3 Es genial, tengo mucha curiosidad por sabes que pasara! Cuando sueles subir capitulos??
    Besitos! :D

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    1. Hola! Como ya he dicho en el comentario de arriba, pretendo subir cada 14 días :) tranquila que el próximo ya está programado. Me alegra que te guste! Nos vemos en el próximo <3

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  4. Dios me encanta! Me has dejado muy intrigada y quiero leer más!!!!! Estaré atenta a tus publicaciones ^^

    Bss

    PD: Me parece que en el siguiente capítulo empieza de verdad todo el lío de la historia ^^ Yo si hubiese sido ella le habría añadido una cachetada :)

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    1. En el siguiente también dejo con la intriga e_e Me alegra que te guste ^^

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  5. Me gusta mucho la historia ^-^
    Sigue escribiendo :3
    Vales mucho como escritora

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  6. Con ganas infinitas de leer el siguiente capítulo. ME ENCANTA ;)

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  7. Hola, acabo de terminar el capítulo dos y me ha gustado mucho. Aunque más que el primero.

    Me parece un poco estúpido lo que hizo Spencer; hablarle a un desconocido sobre otro desconocido. Ahí estuvo mal. Pero me he encanta como se ha puesto de chula y valiente en este segundo capítulo.

    Escribes muy bien y espero que los capítulos sean igual de increíbles. :D

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    1. Tienes razón sobre lo que comentas de Spencer. Y eso es algo que el propio Rimes le corrige.

      Yo también espero que los siguientes capítulos anden bien,pero te aviso que en el próximo la pobre Spencer acaba un poco mal :/

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