domingo, 13 de enero de 2013

Capítulo 03 - La piscina.


Bruce Rimes se despertó en sus sábanas de seda y desde el colchón observó las blancas paredes de su habitación. Era enorme. Muy espaciosa. Dormía en una ancha cama matrimonial, toda para él solo. En una esquina había un hermoso piano de cola y a su lado una serie de estanterías repletas de libros. A pesar de estar adornada con varios elementos, daba la sensación de que estaba prácticamente desierta.

Se irguió con sueño y fue al baño que estaba conectado a su cuarto. Andaba sin ropa puesto que nunca usaba pijama para dormir. Se dio una ducha rápida y, tras haber secado su figura, se vistió con el uniforme de su instituto. Los trajes le sentaban como anillo al dedo. Eso es algo que siempre ha dado por hecho muy claramente en su mente narcisista.

Al bajar las escaleras, le esperaba el desayuno. Un té con leche, el cual tomaba sin azúcar debido a que no soportaba los sabores muy dulces, y siempre ha dicho que los tés se beben sin ese elemento endulcorante. También unas tostadas con aceite y sal, y un zumo de naranja. No le gustaban los desayunos suculentos, y en especial no aguantaba los típicos ingleses con huevos fritos y salchichas. Él, como siempre comentaba orgulloso, llevaba a cabo una dieta mediterránea.

Tras saciar su hambre, cogió su cartera, se contempló frente al espejo del recibidor y tras decirse lo perfecto que estaba, abrió la puerta.

Al salir de la casa, o más bien mansión, le esperaba un largo camino de baldosas de piedra hasta llegar a la calle, desde donde se podía apreciar el enorme jardín de su madre. Una limusina negra le esperaba todas las mañanas en la entrada del recinto. Su chófer le abría la puerta del automóvil y en absoluto silencio le llevaba a sus clases.

Siempre llegaba a la escuela antes que el resto de la gente. Era muy obsesivo cuando se trataba de puntualidad. Paseaba por el instituto como si fuese de su propiedad aunque, técnicamente, lo era. Subió hasta su planta y vislumbró el aula que estaba varios metros a la suya. El aula de aquella insolente.

Llegó hasta la puerta y se puso a observar el interior desde el pequeño cristal. Pronto una presencia tras de sí le obligó a darse la vuelta. Emma Miller estaba a su lado.

Miller era una persona callada. Nunca hablaba con nadie ni mostraba especial interés por ello. Llevaba su oscuro pelo muy cortado, pero de un modo moderno y personal. Sus ojos eran completamente negros, como dos pozos sin fondo, y su piel aceitunada.

Bruce sonrió con malicia cuando la vio. Supo que ella quería pasar por la puerta que él estaba obstruyendo en el mismo instante en que se dio cuenta de que estaba allí plantada. Por esta razón, no se movió ni un centímetro de donde estaba.

La chica no le recriminó nada. No le dirigió la palabra. Bruce entendió esto como un modo de respeto, más bien del terror. Que le infundía temor. Pensando en aquello, se regocijó para sus adentros. Sin embargo, para su equivocación y pesar, la chica habló desinteresadamente.

¿Se te han pegado los pies al suelo?

Él se sorprendió por la pregunta. Por su parte, Emma no esperó a que le respondiera, le dio un codazo, apartándolo de la puerta.

Eh... Cuidado con tus modales, señorita —reprochó.

Ella se giró con las mismas ganas que se habla a la pared y, sin mostrar ningún tipo de expresión, dijo:

Ve a molestar a tu juguetito, creo que acaba de llegar.

Sabía a quién se refería con aquello de 'juguetito'. Y ciertamente, no tenía ganas de molestarla; esta vez quería atormentarla de verdad. Que le entrase a esa tonta en la cabeza la situación en la que se encontraba. Habitualmente, la gente que entraba gracias a ayudas del Estado a Richroses no duraba ni tres días. Con un día de presión de Rimes se rendían y lo abandonaban. Sin necesidad de llegar a la violencia.

Quizá había sido más blando de lo normal y por ello no lo tomaba en serio. Pero él mismo se encargaría de hacer de la estancia de aquella estúpida un averno. Por un lado, le gustaba importunarla, se divertía más que con otra gente. La cara de esa chica era realmente graciosa y, cuando le miró el día anterior, en el comedor, con esos ojos de súplica, se sintió más vivo que nunca... hasta que le derramó el vino.

Es cierto. El vino. Ya casi había olvidado aquel detalle tan importante. Ella le empapó. Ahora él se encargaría de que ella acabara igual.



Cuando Spencer abrió la puerta de su clase, su pupitre seguía sin aparecer. Miró a su alrededor rápidamente. Pudo apreciar que Dalia la observaba con compasión y que Thomas ya se encontraba en el interior de la estancia.

Guardaba algunos de sus libros en su taquilla, al igual que el resto de la gente. Tenía algunos dentro de su cartera, pero le faltaba el libro de la materia que le tocaba a primera hora; había desaparecido junto al pupitre.

Estuvo pegada a la pared, de brazos cruzados y sin hablar hasta que sonó la campana y el profesor hubo entrado en la sala. En aquel momento, Spencer se dirigió al hueco donde el día antes estaba su asiento, y se sentó en el suelo. Todos la miraron con sorpresa. Dalia la contemplaba con lástima, Parker ladeaba a la cabeza en señal de desacuerdo y Miller la observaba en silencio.

Veo que sigue sin pupitre, señorita Turpin... —comentó el profesor Dent.

Nelson Dent era un hombre de pelo gris. Era alto y corpulento. Tenía la forma de la cara cuadrada, y su piel era morena. Siempre andaba con un aire severo en la mirada.

Sí, profesor —respondió ella tímida. Al sentarse en el suelo pretendía mostrar un gesto de reto pero en lugar de aquello transmitía su humillación.

Spencer no sabía a quien odiaba más, si a los profesores o a los alumnos. Comprendía que sus maestros estaban entre la espada y la pared, y que no podía hacer nada contra ese dinero que disponían aquellos chicos de élite. Aun así, a sus ojos no eran verdaderos maestros si dejaban pasar situaciones como aquella. Era, irónicamente, una realidad surrealista.

Bueno, está bien... ¿puede leer la página treinta y cuatro? —preguntó en un tono que a Turpin le resultó un intento de amabilidad frustrada.

Historia... Necesitaba el libro de historia, pero no lo tenía. Con vergüenza contestó:

No lo tengo...

El chirrido de una silla al desplazarse hizo que Spencer depositara su atención en Miller, que acababa de ponerse en pie. Con unos andares refinados fue hacia la papelera- Estuvo al lado del objeto, mirándolo fijamente y, finalmente, inclinó su cuerpo para sacar de él un libro de historia. El libro de Turpin.

Todo el mundo seguía con la vista cada movimiento de Miller, la cual se acercó hasta la chica y le extendió su libro con amabilidad. Spencer pudo ver como le dedicó una sonrisa afable y se estremeció. Había pensado que era una especie de Parker en femenino, sin dirigirle la palabra nunca a nadie, pero se equivocaba.

Gracias... —susurró aun algo conmocionada.

Ella regresó silenciosamente a su lugar y le volvió a dirigir una apacible mirada desde allí.

Dent carraspeó y Spencer leyó en voz alta, desde el suelo.

Recuperó su pupitre mucho antes de lo que pensaba. Después de almorzar en el césped, desde donde sus simpáticos compañeros le arrojaron restos de comida por las ventanas, subió al aula antes de que el timbre señalara el final del recreo. La clase estaba vacía a excepción de Megure, que se encontraba justamente en su sitio. Con su tablero entre las manos.

Ho-hola —saludó Dalia en pleno titubeo. Turpin se acercó a ella sin devolverle el saludó, con un destello de suspicacia en sus ojos de chocolate. Al notarlo, la rubia se aligeró en esclarecer lo que ocurría—. Lo escondieron en el pequeño almacén que hay en la tercera planta —movía las pupilas en todas las direcciones, sin atreverse a mirar a su compañera—. Lo siento —dijo de golpe, sin controlar su tono de voz. Cada vez estaba más alterada.

Aspirando con fuerza, Spencer alzó el brazo y lo dejó caer en la trayectoria de la chica, que cerró los ojos al ver venir una bofetada. Pero no llegó. Al contrario; recibió tres tirones de oreja mientras Turpin le sacaba la lengua con gracia.

No te preocupes —tranquilizó—. Y ahora deberías irte antes de que venga alguien y te vea conmigo.

Dalia la miró ofendida.

No voy a irme —dijo mientras se apretaba la falda.

Pero...

Se supone que somos amigas y no hice nada para defenderte... Hasta Miller te ayudó.

Spencer miró al techo mientras se mordía la lengua. No quería especificar que en realidad fue la única. Además, eso de hacerse llamar amigas cuando solo han hablado un día le parecía precipitarse, pero lo agradeció.

Vale...

La rubia la abrazó impulsivamente. De un modo tan tierno que le conmovió. Parecía una niña.

Y así pasaron dos días. La gente seguía metiéndose con Spencer, pero no era nada que ella no pudiera soportar, y con el apoyo de Dalia se sentía capaz de aguantar a esos desagradables.

Bruce Rimes pareció desaparecer desde que ella le arrojó aquella copa de vino. Lo único que hacía era agraviarla, pero no era la primera vez que hacía tales cosas y, para ella, era algo extraño. Por lo que permanecía temerosa por si decidía actuar de un momento a otro. 

Y así lo hizo.

Cuando caminaba por el patio del centro para volver a casa, viernes por la tarde, tres personas se detuvieron frente a ella. Eran tres chicos: dos de ellos de constitución muy delgada y el otro . La cogieron por los brazos y tiraron de ella mientras uno de ellos empujaba su espalda.

Forcejeó a pesar de que sabía que no serviría de mucho ya que eran tres contra uno, y ella no disponía de mucha fuerza. Se limitó a insultarles, era lo único que podía hacer. Su único modo de retarles era meneando las piernas en todas direcciones para que les fuese más difícil desplazarla. Pero, ¿qué querían de ella?

En un instante se vio en el segundo edificio del instituto: el deportivo. La llevaron a la zona de la piscina, la cual estaba cubierta, y cerraron la puerta. La soltaron con fuerza, impactándola contra el suelo.

Spencer se miró las rodillas, las cuales estaban algo despellejadas a causa del choque. ¿Por qué la habían llevado hasta allí? Eran tres chicos... No irían a... No, no. Imposible. Si al menos fuese algo atractiva podría darse semejante atrocidad. Aunque, mirándolo por otra parte, en aquel sitio la repudiaban tanto que estaba segura que con tal de causarrle daño serían capaces de maquinar lo que sea.

Estaba tan asustada que no se atrevía a mirarles. Cerró los ojos esperando que todo pasara rápido. Aunque no sabía que pretendía conseguir con aquel gesto, no iban a empuñar una pistola y disparar a su cabeza.

Entonces escuchó el sonido del agua agitarse y decidió abrirlos. Fue en aquel momento cuando vio a Rimes subiendo las escaleras metálicas de la piscina, coger su toalla y acercarse ella secándose el pelo mientras comentaba casualmente con su prepotente tono de voz:

Está prohibido bañarse sin gorro, pero yo lo hago igualmente...

Ella continuaba arrodillada en el suelo, con aquellos tres estudiantes a su lado. Se estremeció al verle y no podía apartar sus ojos de él. Cuanto más cerca estaba, más contemplaba su cuerpo. Ni muy delgado, pero tampoco excesivamente trabajado, simplemente perfecto. Los músculos de su brazo estaban delineados, al igual que su abdomen, que se marcaba sinuosamente. Spencer se vio tentada a abofetearse por admirar así a aquel demonio.

¿Por qué me has traído aquí? —preguntó con odio y terror.

Hoy hace un día bonito... Me he levantado con el alma plena. ¿Sabes qué? La otra mañana me desperté tranquilo, al igual que todas, y luego recordé el modo en que me tiraste lo que era mi bebida como si fuese acaso yo una planta a la que debes regar... —relataba con parsimonia—. Y no sabes lo sucio que me sentí. Aunque luego recordé que, con lo vulgar que eres tú, así debías sentirte habitualmente —se puso de cuclillas frente a ella y a una prudente distancia continuó—. Dime, Turpin, ¿no te sientes sucia?

Los ojos de la chica estaban fijos en el suelo. Veía sus propias manos temblar y se sintió muy vulnerable. No se atrevía a responder. Más bien, no le salía la voz.

Mira, Turpin... Será mejor que me contestes antes de que te obliguen...

¿Obligar? Levantó la mirada, reflejando su clara duda.

¿Qué...? —no llegó a terminar la pregunta. Uno de los chicos le había propinado una violenta patada en las costillas.

Se dejó caer de lado mientras se tocaba la zona golpeada con las manos. Si antes tenía miedo, ahora estaba completamente aterrorizada. Gemía de dolor y de terror. Miró a Rimes, y éste la observaba pensativo. Ella trató de descifrar lo que pensaba, pero sus ojos no reflejaban emoción alguna. No sabía si era odio, o que era, porque no se dejaba ver nada a través de ellos.

Dime, pequeña simplona —dijo Bruce acariciando con falsa delicadeza su mejilla, junto a un tono de cariño teatralizado—, ¿te sientes sucia? ¿Quieres darte un baño?

Spencer no entendía la finalidad de aquellas preguntas y comenzaba a ver borroso a causa de las lágrimas que se agrupaban en sus ojos.

Yo... —titubeó—, no. No quiero...

El pelirrojo sonrió retorcidamente.

Bien, pues ponte de pie —ordenó jocoso.

Experimentando todo el pánico en su piel y siendo un manojo de nervios, se irguió con dificultad, mientras notaba como le dolían aún las costillas.

Ahora quítate la chaqueta.

Ella obedeció mientras todo su cuerpo vibraba espantado. Su rostro estaba totalmente humedecido por su llanto y no dejaba de sollozar.

Muy bien —felicitó Rimes dándole una palmada en su acuosa mejilla—. Ya puedes tirarte a la piscina. Aunque si quieres puedes quitarte los zapatos.

No dio tiempo a que ella pudiera descalzarse y, antes de que se diese cuenta, estaba metida en la piscina. Emergió del agua y se aferró al borde. Una mano le agarró la cabeza y la impulsó hacia dentro nuevamente. Estuvo varios segundos ahí abajo hasta que la misma fuerza que la sumergió la sacó.

Yo nunca he tenido que recurrir a la violencia... —explicó Rimes mientras la miraba. Volvió a inundar su cabeza y a sacarla—. Dime que vas a dejar esta escuela —Spencer abrió la boca para contestar pero pronto se vio envuelta en agua otra vez hasta que la mano del chico devolvió su rostro al exterior.

Ese proceso lo llevó a cabo varias veces mientras los otros chicos miraban en silencio con cierto temor. Spencer no podía responder. No podía pensar. Solo quería respirar. Tragó agua. Y cuando llegó a su mente la nefasta idea de que moriría a manos de un estúpido narcisista, él le sacó del agua por fin.

En el basto suelo del pabellón, tosió como nunca había tosido, a la vez que se agarraba el cuello con las manos y lloraba desconsolada.

Él tiró de su pelo y colocó su cara frente a la suya. Cuando la apreció tan de cerca, con esos ojos rojizos, muertos de terror, sintió algo que hasta ese momento no había sentido. Un escalofrío recorrió su espalda mientras notaba cierta emoción que relacionó con la culpa. Pero lo peor de todo fue que pensó que estaba viendo la cara más inocente de su vida y le resultó realmente bonita.

Estuvieron atisbándose a los ojos un largo instante. Turpin no comprendía lo que estaba pasando, solo sabía que algo en la mirada de Rimes había cambiado. Algo en su forma de observarla.

Él liberó su pelo. La coleta de la chica estaba absolutamente deshecha y le caían mechones desperdigados por la cara. Su corazón palpitaba a una velocidad vertiginosa y las lágrimas continuaban derramándose.

No llores... Eres patética —comentó matizando su voz para que sonase indiferente.

Pero Spencer no podía parar. Lloraba nerviosa. Sin control alguno.

De pronto notó el impacto de una mano en su mejilla. Uno de los chicos había abofeteado su cara. Se llevó su mano hacía el pómulo golpeado y noto que le ardía. Rimes observaba como su blanca mejilla se volvía roja con cierta lástima.

Lo que vino después fue tan rápido que Turpin no pudo asimilarlo. Bruce le propinó un puñetazo en la mandíbula al chico que la había abofeteado, provocando que éste colisionara contra el suelo. También el chico que había pateado sus costillas recibió un rodillazo en la boca del estómago.

El tercero lo miraba con miedo. Rimes le pegó con el reverso de la mano en la cara. Todos miraban con miedo, en especial los dos que habían recibido los golpes más potentes.

¡¿Quién os ha dado permiso para ponerle la mano encima?! —interrogó furioso.

Nosotros no... nosotros no preten... —repetían tratando de justificarse asustados.

¡¡FUERA!! —gritó Bruce vigorosamente y todos salieron del pabellón a trompicones.

Solo estaban él y ella en el lugar. Spencer escuchaba los latidos de su corazón y se preguntó si él los podía oír. Bruce lanzó su toalla sobre la chica y se puso la camisa. Ella permanecía inmóvil en el suelo.

Sécate un poco —ordenó.

Spencer se quitó la toalla de encima lentamente. Le miró de un modo interrogante y él por su parte la atisbó secamente con unos destellos de apego.

Cuando la chica pudo asimilar todo lo que acababa de suceder, cogió su chaqueta con prisa y se puso en pie. Antes de salir corriendo, se acercó prudentemente y, con claro odio y rencor en su mirada, escupió en la impecable cara de Bruce. Un gesto que le daba miedo realizar, pero que a su vez, sentía que debía hacer, para demostrar que por mucho que él hiciera, no se iba a rendir y que no mancillaría su orgullo. Y escapó corriendo del lugar a toda velocidad, resbalándose torpemente de vez en cuando.

Por primera vez, Bruce pensó que aquel salivazo se lo merecía, pero era algo que jamás diría abiertamente. Miró a un lado del edificio y se fijó en que Turpin había olvidado su cartera allí tirada, pero había huido con su toalla. La recogió e inspeccionó en su interior. Sacó su billetera, la cual no tenía absolutamente nada de dinero, y pudo ver que en ella había una foto en la que aparecía junto a un chico de cabello color caoba. Ambos estaban indudablemente felices. Él pasaba su brazo por el hombro de la chica y ella sonreía tiernamente.

Aquella amplia sonrisa, inocente y sin rastro de maldad le conmovió... ¿Pero qué le estaba pasando? ¿Por qué ahora empezaba a sentir resquicios de apego por ella? Volvió a mirar la fotografía y a su acompañante y un sentimiento de rabia le fustigó.

En aquellos momentos no pudo evitar sentir que quería borrar la sonrisa de esa chica. Pero algo más contrastaba con ese sentimiento.



Spencer pasó la noche recordando parte por parte lo que había vivido. No quiso cenar, no tenía ánimos ni fuerzas para hacerlo. Subió a su cuarto directamente, aun llorando por lo que acababa de suceder. Se chocó contra su escritorio mientras escuchaba sus propios sollozos decorar el silencio de la estancia.

A su mente se dirigía el impacto de aquella patada, la fuerza de aquel bofetón, la mirada cruel de Bruce cuando le estaba haciendo aguadillas... ¿Por qué le hacía aquello? Había ido demasiado lejos. De insultarla y provocar que el resto de la gente hiciese lo mismo con ella a pegarle y torturarla había mucha diferencia.

De golpe recordó como atizó a los chicos que le pegaron y como le arrojó la toalla y su corazón se comprimió. Ahora estaba más confundida que nunca. No es que le fuese a perdonar por un par de gestos mínimamente humanos —aunque golpear a una persona no era muy humano—, pero sí logró aturdirla.

Además, aun estaba aquel acto que aconteció contra Rimes. Cerró los ojos pensando en como le sorprenderían esas esferas impactantes. Tenía algo de miedo.

Pero a su vez, se daba fuerzas pensando que una mala hierba como ella era difícil de destruir.

11 comentarios:

  1. Este capitulo ha sido un poco violento pero ne ha encantado y a la vez extrañado que Rimes haya sacado su lado humano, tengo ganas de más :)

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  2. Dios...
    ¿Como puedes escribir así? :O
    Cada vez que leo los capítulos mi corazón se acelera, te lo juro, te lo juro.
    Esperaba con ansias este capítulo, y ahora las tengo de nuevo por el siguiente, pero comprendo que todavía faltarán días para el siguiente, ¿No?
    Te dejo mi nuevo blog:
    www.deliriumdisturbanceandlove.blogspot.com
    Solo esta puesto el resumen, porque quiero que el primer capítulo este bien.

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    1. El domingo 27 será subido un nuevo capítulo. Soy feliz de que te haya gustado.

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  3. *O* Me encanta y mira que pocas cosas me gustan mucho...La psicologia de los personajes es increible. Espero que escribas pronto el proximo capitulo. Saludos :D

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  4. no puedo creer que subas otro el 27 faltan solo 7 días pero no puedo esperar, me encanta tu novela, esta muy buena :)

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  5. Dios me encanta! Pobrecilla que gilipollas son esos chicos... y unos putos cobardes... tres hombres contra una chica.

    Me encantó el cap!!! ^^

    Además que le escupiera en la cara me hizo reír! Esta chica si que tiene los ovarios bien puestos! ^^ Tu novela es buenísima! ^^

    Bss

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    1. Me hace feliz que te haya hecho reír x) Espero que el próximo también t guste

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  6. Hola cielo la historia me encanta, y puede que me mates cuando te diga esto: pero tengo que decirlo, tiene cierto parecido con boys forever flowers, una serie coreana que trata sobre un colegio para ricos y demás. Pero igualmente me gusta tu historia, sigue con ella ^^ <3 leo todas tus entradas soy una nueva seguidora :D

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    1. No te voy a matar! Ciertamente esta obra está inspirada en el Dramione, un género dentro del fanfiction que trata sobre relaciones románticas entre Draco y Hermione (Harry Potter) . Pero realmente, mientras escribo pienso lo mismo, esto se parece mucho a tal parte de Hana Yori Dango (Boys Before Flowers). Bueno, conforme continue iré marcando todas las diferencias.

      Y me alegra que te guste!

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  7. Me ha encantado eN serio!!¡! Eso me paso a mi en el colegio y me siento muy identificada con ella. Espero que escribas más, tienes mucho potencial y lo tienes que sacar al máximo!¡!! No puedo esperar al próximo capítulo!¡¡ Lo que daría por que hicieses los capítulos más largos para poder saborear cada momento!¡! Me ha encantado en serio ;-)

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    1. ¡¡Muchas gracias!! A partir de ahora subiré uno a la semana, espero tener tiempo :) Habrá capítulos donde descienda el interés y otros donde aumente, pero espero realmente que te gusten!!

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