domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo 11 - Lluvia

“¿Qué has hecho?” “Eres estúpido.” “¿Cómo te has atrevido?” Rimes repetía esas palabras en su cabeza una y otra vez. No había obrado con la mente y se dejó llevar por el impulso. Sabía por qué lo hizo, sabía lo que sentía, lo que aquella chica tan simple despertaba en él. Lo sabía, pero a su vez no. Era extraño. ¿Cómo puede una persona saber y no saber lo que siente? Una confusión desquiciante, asfixiante y atormentada, eso era lo que tenía Bruce en su interior en aquellos momentos. Llevaba días repitiendo el suceso en su cabeza. Esquivando a Spencer como un loco. Fingiendo que no la ve cuando la ve. Cuando siempre la ve. Es como si nunca se apartara de su mirada.

Spencer llevaba días maldiciendo a Rimes. ¿Qué se había creído? La besaba, la ignoraba. Estaba loco, seguro. Sólo alguien tan bipolar como él puede obrar de una manera y hablar de otra muy distinta a sus actos. El problema de todo ello es que a ella le gustaba él. Pero, ¿por qué? Nunca la ha tratado bien, ni un gesto bondadoso. Sin embargo, es la mirada de él lo que la confunde. En ella ve destellos de tormento.
Siente una increíble curiosidad por conocerle. Por saber de él. De saber el porqué es así. Era un misterio. Y su personalidad complicada, confusa y en ocasiones misteriosa hacía palpitar su corazón.

Lo odiaba.

—Spencer… ¿Ha sucedido algo? —Preguntó Dalia algo preocupada.

Ella se sorprendió por la pregunta. Fijó la vista al suelo y se agarró de las rodillas.

—No… —respondió—. Es sólo qué… No entiendo por qué me siento así.

Todo era igual que siempre, había pasado una semana entera desde lo sucedido y Rimes la ignoraba más que nunca. La repelía como si de un insecto desagradable se tratara.

—No quiero que parezca que me meto donde no me llaman —comenzó a decir Dalia—, porque yo soy la primera persona que se enfada cuando quieren saber algo de mí de lo cual yo no quiero hablar. Pero creo que es hora de que seas sincera, al menos conmigo. Lo he notado desde hace un tiempo. Estás… diferente. No en el mal sentido. Pero, por ejemplo, ya no acostumbras a hacerte la cola de caballo en la melena como antes; ahora vienes con el pelo suelto la mayoría de las veces.

Spencer se acarició el pelo inconscientemente. Y, repentinamente, comenzó a ponerse nerviosa. Realmente no quería eso, no quería que le gustara Rimes. Porque si ese sentimiento incrementa, ella sufriría de verdad.

—Yo… —trató de hablar. Pero se estaba empezando a poner nerviosa. Nunca había abierto sus sentimientos hacia él a nadie ni quería hacerlo. Pensarían que es masoquista—. No lo entiendo, Dalia. No entiendo a Rimes. Algunas veces me desprecia y me trata como me trata y otras… —se quedó en silencio recordando aquel beso.

Dalia posó su mano sobre la espalda de Spencer.

—Di —insistió la rubia.

—Otras me besa —confesó.

Dalia se sorprendió ante tal declaración.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cuántas? —Interrogó.

—Solo una vez. La semana pasada. Fue la última vez que hablamos. Cuando pasó todo aquel lío.

—Mmmmh… Estoy sorprendida —admitió—. Pero bueno, si te besó es porque algo siente por ti —sonrió pícaramente. Era la primera vez que veía esa sonrisilla en el rostro de Dalia.

Spencer se sonrojó. ¿Sería cierto? No lo había planteado de esa forma. No. Imposible.

Aquella misma tarde se encontró con Rimes. A la salida. Justo en la entrada de Richroses. Él giró la cabeza en dirección opuesta a la de ella nada más verla.

Spencer le dio un empujón.

—¿Por qué finges que no me ves? —Interpeló ella.

—Porque te estoy ignorando —respondió secamente.

—Vaya, ¿no me digas que estás esperando tu limusina?

—¿Te importa? —Él sólo se la quería quitar de encima.

La chica estaba decidida a molestarle. Ella no había pasado una semana torturando insanamente a su mente con preguntas sin respuesta en vano. Él se las daría.

—Sí —miró al cielo—. Mira las nubes. Están muy negras, parece que vaya a haber tormenta. No lo parecía esta mañana.

—Bueno, pequeña e insoportable pobretona —respondió Rimes—. No me importa lo más mínimo. Yo iré en mi limusina calentito a mi casa. Te tendría que preocupar a ti, que te vas en autobús y vives en una urbanización muy lejos de aquí. Igual cortan la línea.

Empezó a chispear.

—Menos mal que hice caso a mi madre y cogí el paraguas —comentó ella levantando la mano donde sujetaba el objeto.

—Trae aquí —ordenó el pelirrojo quitándole el paraguas de las manos—. Este paraguas… Me lo voy a llevar yo —sonrió maliciosamente.

En aquel momento apareció la mencionada limusina con Sebastian al volante. Bajó la ventanilla.

—Lamento la tardanza, señorito —se disculpó el anciano—. Había un atasco. Van a cortar algunas calles, al parecer se avecina una tormenta bastante fuerte. No habrá ni autobuses —explicó. Miró a Spencer—. Hola, señorita Turpin. ¿Quiere que la acerquemos a su casa por algún casual?

Spencer fue a responder a la amabilidad del anciano pero no lo hizo debido a que Rimes habló primero.

—No la llames señorita, no lo es —cortó—. Y se va a ir andando —entró al coche y la miró—. Disfruta del paseo, Turpin —dijo con algo de mofa.

—Que te den —dijo sacando la lengua.

Echó a andar hacia su casa. Aun le quedaría una hora andando. Increíble. Querría haberle preguntado por aquel beso. Quería saber por qué lo hizo. ¿Estaría riéndose de ella otra vez? O quizá era cierto que tenía alguna oportunidad, por pequeña que fuese.

Cada vez caían las gotas de lluvia con más intensidad. Se paró frente a un escaparate y miró su reflejo. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo se había vuelto alguien así? ¿Desde cuándo sentía todo aquello?


Bruce estaba regocijándose en su limusina. Era tan divertido molestarla y hacerla rabiar. Repentinamente la lluvia comenzó a caer con mucha intensidad y el cielo, ennegrecido por las nubes de tormenta, emitía destellos propiciados por truenos.

Empezó a sentir remordimientos en su cabeza. Quizá se había pasado un poco quitándole el paraguas. Sabía que Spencer tenía que andar mucho para llegar hasta su casa. En aquel instante, el vehículo frenó.

—Vaya, señorito. Parece que hay un atasco —comentó Sebastian.

Rimes se quedó en silencio mirando el cristal del coche, mojado por las gotas de lluvia. Puso una expresión de molestia y salió del coche corriendo.

—¿A dónde va, señorito? —Preguntó Sebastian alzando la voz para que le oyera.

—¡Luego te llamo! —Respondió Bruce gritando.

Empezó a correr en busca de Spencer con su paraguas en la mano. Debía devolvérselo. Regresó al Richroses con la esperanza de encontrarla allí. No había nadie.

—Mierda… —se quejó.

Volvió a correr en dirección a casa de Spencer. Estuvo quince minutos corriendo. Llevaba el paraguas en la mano pero no lo abrió. Debía abrirlo su propietaria.


Spencer estaba bajo el porche de un 24h. Permanecía ahí esperando a que amainara la lluvia. Si se molestaba en ir a su casa con aquella tormenta al final acabaría resfriándose. No podía dejar de pensar en Rimes. Estaba sorprendida de pensar tanto en él. Le gustaba realmente.

—Soy una estúpida… —dijo para sí misma—. ¿Por qué estoy pensando en él? —Cerró los ojos—. Encima estoy hablando sola…

A los pocos segundos oyó unos pasos agitados sobre el suelo encharcado de la acera. Levantó la cabeza y se quedó atónita al ver a la única persona que no esperaba ver.

—Eres una estúpida, ¿desde cuándo permites que me burle de ti así? —dijo Rimes sin mirarla directamente, mientras le extendía el objeto.

Era cierto, ¿desde cuándo? A Spencer no le salía la voz de la sorpresa. Bruce abrió el paraguas al ver que ella no lo cogía y se lo puso sobre la cabeza. Estaba empapado. El agua se deslizaba por su pelo rojizo, por sus mejillas. Parecía que se había caído a un lago con su caro uniforme.

Spencer sintió que en aquel momento podía preguntarle. O que si no, nunca lo haría.

—¿Por qué me besaste? —Su expresión era algo triste para ser ella.
A Rimes le sorprendió aquella pregunta, pero no apartó su intensa mirada de ella. Ni ella tampoco de la de él.

—No preguntes cosas que sabes que no tienen respuesta ni sentido —fue lo único que dijo. Por primera vez, Spencer sintió que Bruce hablaba con mucha seriedad. El chico cogió la mano de ella y la llevo al mango del paraguas para que lo sujetara. Spencer no apartaba su vista de él—. Me das asco —espetó—. Adiós.

Spencer dio unos pasos tras él, pero decidió no ir detrás. Bruce se fue andando y no se giró ni una sola vez. Ella se quedó parada bajo la lluvia, con su paraguas sobre su cabeza, mirando su espalda empapada partir.
Viéndole y pensando en él, se dio cuenta que aquellas gotas de su mejilla no eran de la lluvia. Eran sus lágrimas

Bruce esperó varias calles para propinarle un puñetazo pleno de rabia a la puerta de un garaje. Comenzaba a odiar. A odiarse a sí mismo.

2 comentarios:

  1. Realmente me alegro muuucho de que hayas continuado con la historia, pero este capitulo ha sido más corto de lo habitual y yo personalmente creo que nos deja con ganas de más. Así que por favor no tardes tanto en escribir el siguiente. Muchos besos <3

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  2. Esperaba este capítulo desde hace bastante, espero que sigas escribiendo, me encanta ;)

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